29 noviembre 2006

Bases científicas de la homeopatía (JG1)

Buscando buscandito, me he topado en Internet con una página web, ya extinta, de un tal Javier Garrido, en la que se exponen diversas cuestiones sobre esta pseudomedicina, algunas ya requetecontrastadas y requetecitadas en este y en otros blogs sobre el tema, y otras no tanto, algunas anécdotas o ciertos puntos de vista interesantes. Así, aunque pueda parecer una redundancia, y sin pedirle permiso al autor, puesto que -como su web- ha desaparecido de Internet, me permito reproducir aquí algunos de sus artículos sobre el tema. Los he señalado como JG1, JG2 y JG3.

La "Ley" de las Semejanzas

Si bien el Dinamismo Mórbido es el que proporciona las bases fisiopatológicas y etiopatogénicas (por llamarlas de alguna forma) de la Homeopatía, lo correcto es comenzar hablando de la Ley de la Semejanza. Al fin y al cabo con esa ley fue que con la que empezó Hahnemann a construir su sistema (y no nos corresponde a nosotros poner en duda Su Sabiduría). No está de más recordar nuevamente como ocurrió: Al traducir del inglés la Materia Médica de Cullen, observa las hipótesis contradictorias sobre la acción de la quina, luego constata que la administración reiterada de quina coincide en la sintomatología con la de aquellos enfermos que cura (Barros-St. Pasteur).

Por supuesto, la Ley de la Semejanza no constituía ninguna novedad en terapéutica médica. Por lo demás, esta "ley" no es otra cosa que una burda racionalización del razonamiento por analogía, propio del pensamiento mágico. Esto es particularmente visible en Paracelso, quien incluía en su terapéutica las signaturas; por ejemplo, para tratar enfermedades de los genitales masculinos es preciso utilizar bulbos de ortiga que tienen forma de testículos.

En la Homeopatía, la Ley de la Semejanza se emplea administrando un medicamento capaz de provocar en el hombre sano un estado similar en su sintomatología al que se va a tratar en el enfermo.

Hahnemann precisa la Ley de la Similitud en su obra fundamental, el "Organón de la Medicina Racional", publicada en 1810:

1.- Toda sustancia activa farmacológicamente, provoca en el individuo sano y sensible un conjunto de síntomas característicos de dicha sustancia.
2.- Todo individuo enfermo presenta un conjunto de síntomas que caracterizan a su enfermedad.
3.- La curación se puede obtener mediante la administración de una pequeña cantidad de la sustancia cuyos efectos sean similares a los de la enfermedad.

Lo que existe aquí es una mezcolanza de observaciones válidas (aunque mal interpretadas) con opiniones y conclusiones gratuitas. Es cierto (y hasta obvio) que una sustancia farmacológicamente activa administrada a un individuo sano provocará un conjunto de síntomas, aunque estos no necesariamente serán "característicos" de dicha sustancia (otras sustancias pueden producir síntomas similares). Esto no tiene nada de misterioso: administrémosle a una individuo sano semillas de Strychnos nux vomica (nuez vómica) y lo veremos presentar espasmos incontrolables o la muerte si la cantidad es suficiente. Pero sabemos porqué: es por la estricnina que contiene. La belladona produce síntomas de intoxicación atropínica, pero lo mismo ocurre con el beleño negro y el estramonio, y también conocemos la causa: es por los alcaloides de la atropina que se encuentran en esas plantas. Nada costaría alargar la lista hasta el hartazgo o la nausea. Prácticamente no existe sustancia natural o artificial que no pueda producir manifestaciones de toxicidad en un individuo sano si se administra en dosis suficiente, pero la razón de que esto ocurra no tiene nada que ver con energías esotéricas. Por otra parte, decir que todo individuo enfermo presenta un conjunto de síntomas que caracterizan a su enfermedad es un abuso, si se asume literalmente, pues existen enfermedades muy diferentes que pueden provocar síntomas similares: por ejemplo, existen decenas de enfermedades que pueden ocasionar fiebre prolongada, desde cuadros virales hasta enfermedades neoplásicas o autoinmunes; caquexia, fiebre y tos las puede producir tanto una tuberculosis como un cáncer del pulmón. Los signos y síntomas patognomónicos (exclusivos de una determinada enfermedad) son rarísimos en la práctica médica. Por eso es que la medicina científica reúne las patologías en cuadros sindromáticos, o sea, conjuntos de síntomas y signos que pueden deberse a diversas causas. Solo que para la Homeopatía esa multiplicidad de causas no existe (como veremos más adelante) lo que la lleva a una absoluta dependencia del cuadro sintomatológico del paciente, sin preocuparse de la etiología de la enfermedad (el primero en despreocuparse de la etiología fue el mismo Hahnemann, como lo expresa en este profundo pensamiento: "no hay necesidad de atascarse en argumentos metafísicos o escolásticos acerca de la insondable causa primera de la enfermedad, ese caballo de batalla del racionalista").

De hecho, los Repertorios Homeopáticos lo que hacen es clasificar y agrupar los síntomas y sus modalidades de acuerdo a un plan establecido, colocando junto a cada síntoma el medicamento que le corresponde o viceversa. Tales Vademécumes no excluyen lo pintoresco: podemos leer por ejemplo que Tarentula hispanica está indicada en Trastornos nerviosos con agitación intensa. Ansiedad, violencia, asociados a debilidad general e hiperexcitabilidad genital. No puede descansar tranquilo. Deseo de correr, bailar, saltar. Corea con movimientos violentos. Cefalalgia, ojos brillantes y muy abiertos, sofocación, palpitaciones, hemicránea, histeria, parálisis agitante, manía violenta con incremento de la fuerza, delirio erótico.

La absoluta primacía que la Homeopatía concede a los síntomas se debe al abuso de la Ley de la Semejanza, lo que ha dado lugar a una complicadísima jerarquización que nada tiene que envidiar a los doscientos tipos de pulso del Min King. Así, los síntomas se clasifican según su grado, su cronología, su jerarquía, su frecuencia, su prescripción y sus modalidades. Y cada una de estas clases tiene a menudo varias subdivisiones, y cada una de estas otras más. Con semejante detallismo no es de extrañar que en la semiología homeopática se encuentren a menudo síntomas tan delirantes (y divertidos) como el hipo en la mañana, después de tomar bebidas calientes; a menudo con nauseas, desfallecimiento y sed intensa, la expectoración espumosa, como agua de jabón, verdosa y salada o los vértigos viajando en barco o tren o descendiendo en ascensor.

De estas bases partió Hahnemann para dar, sin justificación lógica o experimental alguna, el gran salto al Simillia Simillibus Curantur. Un salto no precisamente hacia el futuro, sino en dirección el pasado (y es en esa misma dirección se han precipitado a seguirlo todos sus discípulos).

Volvamos atrás y recordemos una vez más el archifamoso experimento de la quina. Hahnemann observa primero que la quina cura las fiebres, luego observa que al tomar quina él mismo por varios días presenta un cuadro febril que le parece similar. Conclusión: la quina cura las fiebres debido a que puede producir fiebres. Pero no hay nada que justifique esta conclusión. Por supuesto, hay cosas que Hahnemann no podía saber: para empezar, que la quina no cura las "fiebres", sino muy específicamente la malaria; pero para la época de Hahnemann la fiebre se consideraba una enfermedad per se, y el Plasmodium no sería descubierto sino hasta 1880 por Laveran (queda perdonado Hahnemann, pero no sus discípulos que hayan nacido después de 1880). En segundo lugar, lo que estaba experimentando era, en todo caso, los efectos tóxicos de la quina. El hecho comprobado es que la quina cura la malaria (no las "fiebres") porque erradica el Plasmodium por la acción de la quinina, uno de sus alcaloides, y no precisamente por su toxicidad sobre el huésped (lo que en todo caso no constituye sino un efecto colateral indeseable). Y ya que sabemos que y como cura la quina, ¿qué queda de la conclusión de Hahnemann? La falacia lógica del razonamiento homeopático es que pretende establecer una conexión causal cuando lo único que hay es una correlación espuria entre dos hechos independientes.

¿Hay alguna realidad concreta tras la Ley de la Semejanza? Mucho me temo que no. Es simplemente algo en lo que hay que creer como en un acto de fe, una proposición indemostrable y sobre todo, contraria a la experiencia. Indudablemente, esto estaba bien para los tiempos de Hipócrates y Paracelso, pero ya es menos excusable en los de Hahnemann. Al fin y al cabo, ¿de qué se trata? Traigamos una idea del siglo V antes de Cristo, citando a Hipócrates como supuesta autoridad, luego modifiquemos en algo las groseras signaturas de Paracelso para hacerlas más presentables y ya estamos listos. El gran progreso de la Homeopatía está en que en lugar de usar el parecido exterior de la fuente de donde se va a sacar el medicamento (los bulbos de ortiga, etcétera), utiliza el parecido de los efectos tóxicos que produce al ingerirlo. O sea, las signaturas actualizadas.

Si la Ley de las Semejanzas funciona ¿por qué no curar la demencia intoxicando al paciente con plomo? Por supuesto, conocemos la fisiopatología de la intoxicación por metales pesados y también sabemos que no hay nada en esa fisiopatología que nos haga sospechar que pueda curar la demencia. Pero de acuerdo a la Ley de la Semejanza debería funcionar ¿o no? ¡Ah! Pero es que debemos administrar el plomo en dosis dinamizadas e infinitesimales (de eso hablaremos después). Los fármacos hipotensores deberían ser excelentes para tratar los estados de hipotensión y shock (¡vaya oportunidad perdida para la medicina de urgencia!) y los baños helados para la hipotermia (y las saunas para la fiebre). Nada mejor que las inhalaciones de humo para el asma y la bronquitis crónica, y las dosis masivas de azúcar para los diabéticos.
No sé por que, pero todo esto me recuerda aquella historia sobre el ungüento que se aplicaba sobre la espada ofensora en lugar de colocarlo en la herida. Quizás sea porque las bases científicas de ambas terapéuticas son las mismas.

La Energía Vital y el Dinamismo Mórbido

Todo el legado fisiopatológico y etiopatogénico que les dejó Hahnemann a sus acólitos se halla en estos dos conceptos. Ya vimos que a Hahnemann no le interesaba la etiología de la enfermedad; para su fisiopatología apenas si pudo sacar a flote viejos conceptos vitalistas que se venían arrastrando desde los siglos anteriores y que quedarían pronto sepultados por el desarrollo de la fisiología en el siglo XIX (para ser resucitados en el siglo XX por los devotos de la "Nueva Era").

Antes que nada aceptémoslo: la idea de una Fuerza Misteriosa que nos anima es de por sí atractiva, especialmente para individuos con escasa formación científica o espíritu crítico atrofiado. Se asocia con facilidad a conceptos tales como alma, cuerpo etéreo, cuerpo astral, bioenergía, y afines. Y es más fácil de captar que las abstrusidades de los fisiólogos experimentales, empeñados en explicar que tal o cual función celular no depende de entes intangibles sino de precisas interacciones de enzimas, iones, ácidos nucleicos, aminoácidos y fosfatos de alta energía. Pero oigamos al Maestro:

En el estado de salud, la fuerza vital autocrática que dinámicamente anima al cuerpo material, gobierna con poder ilimitado y conserva todas las partes del organismo en admirable y armoniosa operación vital, tanto respecto a las sensaciones como a las funciones, de modo que el espíritu dotado de razón que reside en nosotros, puede emplear libremente estos instrumentos vivos y sanos para los más altos fines de nuestra existencia. Organon, Paragrafo 9.

En resumen, existe una Fuerza Vital, y para colmo autocrática, que nos mantiene operando admirable y armoniosamente. Lamentablemente, esto no es ciencia, sino metafísica (en el mal sentido de la palabra). Y Barros-St. Pasteur riza el rizo cuando nos informa que La física subatómica es la responsable de la información que pueda suministrar a la medicina en conexión con la calidad de esta energía que permite la vida, la energía responsable de las transformaciones bioquímicas. Hay indicios bien fundados de una calidad de energía que es capaz de suscitar la reacción energética con modificaciones dinámicas en el terreno, las cuales pueden ser evidenciadas. Responsabilidad que ignoro si la física subatómica ha asumido con agrado.

Cuando se encuentra uno ante esta clase de argumentos quizás lo más adecuado sea callar, pues ya no estamos en el campo de la ciencia sino en el de la religión, y en la religión las cosas se creen merced a un acto de fe. Pero es Barros-St. Pasteur quien mete a la física en la arena de lucha, por lo que es conveniente hacer algunas precisiones. Para empezar nadie niega que en un organismo vivo existan y se transformen ingentes cantidades de energía; de hecho, cuando se produce la falla de esa maquinaria energética la muerte es inevitable. La energía química de los alimentos se degrada en energía calórica y en el ínterin produce trabajo, incluyendo el necesario para mantener la integridad celular. Las células tienen sus propias centrales energéticas: las mitocondrias. Algo muy diferente es postular una entidad fantasmal, incorpórea y energética (aparte de autocrática) que nos anima. ¿Se puede probar que no existe? Difícilmente; como tampoco se puede "probar" que los ángeles no existen o que el Sai Baba no es la encarnación de Vishnu. Simplemente son conceptos que no tienen nada que ver con la ciencia. Lo que sí se puede probar es que a cierto nivel su acción es negligible. Desde el siglo pasado la Fisiología y la Bioquímica se han desarrollado a un ritmo cada vez más acelerado, pero todavía no se han topado con ninguna fuerza misteriosa y autocrática, ni a tenido que apelar a razonamientos tan especiosos como los de los homeópatas para explicar sus "hallazgos". Y se han encontrado respuestas a los misterios de la fisiología incluso hasta el nivel molecular, prescindiendo con serenidad de apelar a energías oscuras. El problema es que los conocimientos fisiológicos de los homeópatas sigue estando al mismo nivel que los de Hahnemann, dos siglos atrás. Por cierto, ¿y qué tiene que ver en todo esto la física subatómica?

Pero ¿a qué viene todo esto? ¿Por qué hacer tanto énfasis en conceptos tan imponderables e intangibles como la Fuerza Vital? Pues bien, porque aunque parezca increíble la única base fisiopatológica de la Homeopatía es la Fuerza Vital, ya que las enfermedades son debidas a sus alteraciones.

La energía vital, al sufrir el influjo de los estímulos dinámicos perjudiciales, se modifica; entonces el terreno ya no manifiesta el estado de salud sino el de enfermedad, son los miasmas, es la expresión adaptativa para buscar el equilibrio con el todo (Barros-St.Pasteur).

Como podemos ver, ya no tenemos una sola fuerza misteriosa actuando; también tenemos otras fuerzas no menos misteriosas ("estímulos dinámicos") actuando sobre la energía vital. Lo que no se nos dice es si estas fuerzas nocivas son también autocráticas. La alteración de la "fuerza vital" no es otra cosa que el Dinamismo Mórbido, que es propio de cada paciente, y de esa alteración salen los miasmas. Desde siempre los miasmas han sido una suerte de efluvios o emanaciones nocivas procedentes del agua o la tierra, pero los modernos homeópatas, por pudor, han optado por disfrazarlos de una predisposición congénita o adquirida ... en virtud de la cual se producen alteraciones múltiples en la forma pero únicas en la esencia.

Es muy natural de que de cara al público los homeópatas prefieran no referirse demasiado a los miasmas (a pesar de lo importantes que son en su teoría). Estos miasmas presentan características extrañas (y otra vez contrarias a la experiencia) ya que son a la vez heredables, latentes, contagiosos e inducibles (la "energía vital" de otros seres vivos puede alterar la del hombre). En su afán simplificador Hahnemann describió tres tipos de Miasmas, de los cuales el Psórico es el fundamental, siendo los otros dos el productivo y el destructivo (pero esta es la terminología moderna; para Hahnemann el miasma productivo era el sicósico el condiloma y el destructivo la sífilis; dicho sea de paso, la psora no es otra cosa que la sarna).

Para los homeópatas, toda la patología humana puede explicarse por la acción de estos tres miasmas sobre la fuerza vital, aunque con mas frecuencia el miasma es la misma fuerza vital alterada (y entonces no se sabe que fue lo que la alteró en principio, pero ya dijimos antes que a Hahnemann le despreocupaba la etiología). Esta tendencia a reducir a la unicausalidad la complejidad fisiopatológica y etiopatogénica de la enfermedad es característica de los sistemas de patología general que campearon en el siglo XVIII y penetraron hasta el XIX (otro de ellos fue la ya mencionada medicina fisiológica de Broussais).

No creo que sea necesario insistir sobre las falacias de esta fisiopatología. Para empezar ignora todo el cuerpo de conocimientos adquiridos desde 1796 hasta la época, empezando por la teoría microbiana. Se aprovecha de conceptos de la inmunología moderna (estas es una de las actualizaciones de la teoría) pero pasa por alto que conocemos bastante bien como funcionan los anticuerpos y cada vez mejor la inmunidad celular y en nada de ello existe evidencia de la menor acción de energías ocultas (y de paso, autocráticas). Y para terminar, no hay forma de demostrar la existencia de tales miasmas (a menos que, con contorsiones lingüísticas los transformemos en las consabidas predisposiciones congénitas o adquiridas).

Sin duda a los homeópatas les encantaría poder deshacerse del pesado fárrago de los miasmas. Pero el problema es que su absurda terapéutica les exige mantenerlos, ya que se basa en la corrección mediante los compuestos energéticos adecuados de la Fuerza Vital alterada. Aquí prefiero tomar a Barros-St. Pasteur como testigo (pagina 46):

Las diluciones dinamizadas que se emplean en la experimentación van desde la 3° potencia decimal a la 30, 200 y 1000 potencias centesimales. El tiempo de duración del programa es variable, hay pacientes que reaccionan rápidamente al medicamento y otros que tardan semana en comenzar a dar síntomas. Cada médico mantiene un cuidadoso control diario de cada uno de los experimentados de su grupo. Terminada la experimentación, el director recibe los protocolos y selecciona y jerarquiza los síntomas obtenidos; se realiza así la patogenesia del medicamento.

Respecto a la experimentación pura podemos hacer varias observaciones. Comencemos con lo obvio: si administramos los medicamentos en forma pura, y a dosis suficiente, lo que vamos a observar son los efectos tóxicos del mismo, suficientemente estudiados y aclarados por la farmacología y la toxicología; las alteraciones de la Fuerza Vital no tienen nada que ver. Quien lo dude no tiene más que hojear cualquier manual toxicológico actualizado (en lugar de estar experimentando, los homeópatas bien podrían dedicarse a leer esos manuales, ya que en ellos los efectos de las sustancias aparecen mucho mejor descritos que en sus textos). Y algo mucho menos obvio: ¿qué ocurre cuando se administra la droga diluida, digamos, a la trigésima potencia? Los efectos tóxicos no deben aparecer, por supuesto, ya que a altas diluciones como la mencionada ya no queda en la "solución" nada del componente activo inicial (hablaremos de eso más tarde).

Entonces ¿apareció por fin la alteración de la Fuerza Vital? No tan rápido: recordemos primero que las manifestaciones pueden demorar semanas en hacerse presentes, y aquí está la falla del método. Si se espera el tiempo suficiente, siempre los sujetos acabarán por tener algo, así sea un cambio de humor, un forúnculo, un dolor en el costado, un resfrío, un súbito interés hacia las publicaciones pornográficas, una migraña o un ataque de furia, elementos todos preeminentes dentro de la práctica homeopática. ¿Debidos, sin duda, a la alteración de la Fuerza Vital por los poderosos dinamizados? Pues no, debidos al puro azar.

Propongo al lector el siguiente experimento: tómese quince gotas de agua destilada en ayunas diariamente durante un par de semanas y anote los síntomas que le van apareciendo. Quedará asombrado.

Por supuesto, no existe revista científica que se respete que publique trabajos semejantes (me imagino que las revistas homeopáticas sí lo hacen). Y los acólitos de Hahnemann siguen todavía exaltándolo por su gran logro de la experimentación pura.

En cuanto a los homeópatas modernos, no tienen tantos problemas. Para eso tienen a mano el Repertorio de Kent, que contiene 1455 páginas de síntomas y medicamentos. ¿Para qué van a necesitar más experimentación pura?

En realidad no es tan fácil, pues todo esto se haya envuelto en un complejo ritual que intentaré explicar lo mejor posible en pocas palabras. Para empezar, debe tenerse a mano un compuesto de gran pureza (cuando el producto es de origen vegetal o animal se habla de tintura madre, cuando es mineral son simplemente soluciones) y unos vehículos también de gran pureza (por lo general agua bidestilada o alcohol rectificado, pero también se usa la lactosa). El proceso de dilución consiste en disolver una parte del compuesto en un numero determinado de partes de solvente, por ejemplo, 1 ml de compuesto por 9 ml de solvente (serie decimal) o 1 ml de solvente en 99 de solvente (serie centesimal). Existen otras series, como la cincuentamilesimal, pero podemos obviarlas. En el primer caso tendríamos una dilución 1DH (decimal de Hering) y en el segundo una dilución 1CH (centesimal Hahnemanniana). Pero aquí no termina todo. De estos nuevos preparados se toma a su vez 1 ml y se disuelven en 9 ó 99 ml de solvente, y de estos otro mililitro y se vuelve a diluir, siguiendo siempre el mismo patrón, y se repite el procedimiento una y otra vez, ad nauseam, hasta que se obtiene la dilución buscada, que puede llegar hasta los 1000 CH o más. Cualquier ignorante podría aducir en este momento que tras tantas diluciones lo que estamos haciendo al final no es otra cosa que jugar con agua virtualmente pura (o alcohol, si tal es el caso), y que de soluto no debe quedar prácticamente nada. A lo que los homeópatas responderán: la acción de los medicamentos homeopáticos no es farmacológica, sino energética. Y aquí es donde interviene la perspicacia de Samuel Christian: las diluciones no se hacen así como así, hay que dinamizarlas.

La dinamización permite que el medicamento se comporte en el organismo de tal modo que no produzca los efectos de su acción farmacológica, sino el efecto de reacción del organismo al estímulo energético que actúa de acuerdo a la Ley de la Semejanza. Y la energía del medicamento se incrementa a medida que este se dinamiza. ¿De que clase de energía estamos hablando? Bueno, eso no está muy bien definido, pero quizás la siguiente cita (tomada también de Barros-St. Pasteur) pueda proporcionarnos alguna luz al respecto:

Toda sustancia que vibra provoca movimientos vibratorios en resonancia con el éter ambiente. El éter está constituido por corpúsculos de una tenuidad extrema, que puede recibir o transmitir cada uno, una cantidad de energía limitada, conocida bajo el nombre de Constante de Planck, cuya unidad de energía es el quantum, h = 6,55 x 10-27.

Lo que indudablemente suena impresionante, a pesar de que la idea de ese éter constituido por corpúsculos intangibles fuese desechada por los físicos desde principios del siglo XX. Y si somos benévolos deberemos tomar la mención de la Constante de Planck por una pura metáfora.

¿Y como se produce en la práctica la dinamización? Pues puede hacerse por sucusión, cuando estamos manipulando líquidos, o por trituración, cuando se trata de sólidos. La sucusión consiste sacudir o agitar la dilución un número determinado de veces durante un tiempo determinado y a una temperatura fija; esto le comunica al medicamento homeopático sus terribles poderes. La imagen de un homeópata encerrado en la soledad de su gabinete, sacudiendo rítmicamente un frasco sin duda merecería la más entusiasta aprobación de un shaman siberiano o de una alquimista medieval (aquí solo faltaría que se salmodiara un conjuro, pero el Maestro al parecer no lo consideró indispensable). Desafortunadamente, ya este aspecto pintoresco de la Homeopatía va desapareciendo: existe toda una poderosa industria farmacéutica homeopática que no puede darse el lujo de perder el tiempo sacudiendo los frasquitos a mano y que emplea maquinaria especial para garantizar sacudidas más económicas y efectivas.

Resumamos el procedimiento: diluyamos una sustancia en forma geométrica y en pasos sucesivos, agitando el frasco en cada paso, y obtendremos un preparado con ciertas propiedades energéticas, que es capaz de inducir en el hombre sano unos determinados síntomas. La potencia del medicamento se incrementa con cada dilución y con cada sacudida. Lo que nos están queriendo decir con todo esto es que si diluimos una sustancia veremos que primero va disminuyendo su toxicidad (si inicialmente era tóxica); luego, a medida que avanzamos en el proceso, observamos que parte de sus propiedades comienzan a reaparecer, pero no farmacológicamente (a diluciones altas, digamos a 100 CH, ya no queda ninguna molécula del soluto inicial en el solvente) sino porque le ha trasmitido una cierta calidad energética al medio. Por supuesto, la química ordinaria no conoce ninguna sustancia que presente un comportamiento tan peculiar. ¿Y que tipo de energía es? Agitando el frasco lo que logramos es aumentar la energía cinética de las moléculas contenidas en él, y al final quizás pudiéramos verificar un ligero aumento de la temperatura de la solución, que se disiparía casi enseguida al exterior. Pretender una acción diferente a nivel subatómico es una necedad: la energía requerida para actuar a ese nivel no se la proporcionaremos al sistema por mucho que nos empeñemos en sacudir el frasco (a menos que lo coloquemos en un acelerador de partículas, pero dudo mucho que tal idea pueda funcionar).

¿De donde sale, al fin y al cabo, la energía que supuestamente le estamos comunicando a nuestro medicamento? Cuando el procedimiento se hace a mano, de un solo lugar: de la organismo del individuo que lo está preparando. La energía química (obtenida de los alimentos), en forma de fosfatos de alta energía, es empleada en producir movimiento muscular (una parte se disipa como calor); los movimientos musculares le transmiten una determinada energía cinética a las moléculas de la solución. La velocidad de las moléculas aumenta, chocan entre si y la temperatura del líquido aumenta; finalmente ese calor termina por disiparse al medio. Aquí han funcionado dos conocidísimos principios de la termodinámica: que la energía no se crea ni se destruye, solo se transforma; y que la entropía de un sistema siempre tiende a aumentar. La energía química del audaz homeópata se ha convertido en calor disperso e inutilizable. ¿Qué quedó en la solución? Desde el punto de vista físico, nada. A menos que empecemos a hablar de vibraciones etéreas e incognoscibles para la ciencia, lo que constituye una abierta falta de seriedad.

¿Y como se fija esa energía innominada en el solvente? Nadie lo sabe con certeza, pero se han invocado (sin el menor apoyo experimental) alteraciones en la estructura molecular del solvente para explicar esa especie de memoria del agua. Ciertas características del soluto quedan impresas en el solvente y los golpecitos contribuirían suministrando la energía necesaria. ¿Ciertas o todas? No se sabe por que, pero al parecer solo se fijan las cualidades curativas, pero no la toxicidad. Una preparación 300 CH de Nux vomica debería ser mortal tras tantas dinamizaciones, si recordamos las propiedades de la estricnina en el hombre sano, pero eso no ocurre nunca. Y ni hablar del poder energético de preparaciones como 1000 CH o 3000 CH. Que la toxicidad debería incrementarse a altas diluciones es una consecuencia lógica de la descabellada teoría homeopática, pero los homeópatas optan por ignorarlo. ¿Porqué una dilución 1000 CH de alcohol metílico preparada en agua bidestilada no arde? Debería hacerlo, pues a través de la dinamización el alcohol le ha transmitido sus "peculiaridades energéticas" al agua, y suponer que las energías implicadas en la dinamización solo funcionan en el ser humano no pasa de ser una excusa ad hoc. Haga el experimento, si quiere y tiene la paciencia. Y yo ya empiezo a perderla.

De la Ley de la Individualización se deriva el último hecho descubierto por Hahnemann: el Remedio Único por vez o Unitas Remedii (sería digno de estudiarse si el uso del latín también contribuye a la eficacia homeopática). Esta es la otra ley más frecuentemente infringida por los homeópatas. Implica simplemente que debe administrarse un único medicamento, en base a su patogenesia, e individualizado de acuerdo al paciente, salvo casos excepcionales. Ya en vida de Hahnemann surgió una corriente hacia la polifarmacia, que fue enérgicamente combatida por este. Pero hoy en día son muchos los homeópatas que no se pliegan a la ortodoxia unicista y prescriben alegremente dos o tres dinamizados juntos (por no hablar de los que combinan la homeopatía con acupuntura o la reflexoterapia). No salimos de nuestro espanto de tan solo pensar los efectos puede traer la conjunción de tantas energías terribles y misteriosas.
No me considero capacitado para determinar sí es beneficioso o no administrar simultáneamente dos o más preparados de agua destilada pura con diferentes nombres en latín, de modo que dejaré solos a los homeópatas con su polémica.

Aplicando la navaja de Occam

Para ver que queda en pie después de esta somera descripción de las bases científicas de la Homeopatía, nada mejor que aplicar el principio lógico conocido por navaja de Occam, y que en pocas palabras consiste en eliminar todo lo innecesario (esta es una de las interpretaciones que se le dan). Aunque tratándose de la Homeopatía, quizás sea más adecuado expresarlo en latín: Pluralitas non est ponenda sine neccesitate. Guillermo de Occam fue un franciscano ingles, padre del nominalismo, aunque en su tiempo quizás haya sido más notorio por sus incendiarias ideas políticas.

Ley de la Semejanza: ¿tiene alguna base empírica, ya sea fisiológica, fisiopatológica, bioquímica, física o farmacológica? No. ¿Existe algún mecanismo racional que la explique? No. ¿Existe alguna técnica terapéutica, basada en esta ley, que funcione y que haya sido demostrada satisfactoriamente de acuerdo a los pasos del método científico? No. ¿Podemos prescindir de ella para explicar la forma en que funcionan todas las terapéuticas efectivas conocidas? Sí. Queda únicamente un postulado exigido por la fe (de los homeópatas) pero incognoscible para la razón. Como base científica podemos eliminarla.

Energía vital: ¿existe alguna evidencia de que una fuerza intangible domine y anime nuestros procesos bioquímicos y fisiológicos? No. La fisiología y la bioquímica han avanzado los últimos doscientos años más que en toda la historia previa de la Humanidad prescindiendo de tales tenuidades metafísicas. ¿Es una hipótesis necesaria para explicar algún aspecto de la fisiología humana? No. ¿Corresponde a alguna de las fuerzas conocidas y estudiadas por la física, o tiene relación con alguna de ellas? No. ¿Podemos prescindir de ella sin que las bases de nuestros conocimientos se resientan? Sí. Otro postulado de fe.

Miasmas, dinamismo mórbido: ¿tienen algún lugar en la fisiopatología o la etiopatogenia conocida y demostrada de las enfermedades? No. ¿Existe alguna prueba bien contrastada de que las enfermedades son alteraciones energéticas? No. ¿Existe alguna teoría física que explique que son esas energías? No. ¿Podemos explicar el fenómeno enfermedad sin apelar a tales fuerzas oscuras? Sí, y con éxito más que notable. ¿Qué queda? Otra opinión gratuita.

Investigación de la patogenesia: ¿aporta algún conocimiento nuevo que de base o pruebe algún aspecto de la teoría homeopática? No. Para que la investigación de la patogenesia tenga algún valor debe asumirse previamente que la Ley de la Semejanza es realmente una ley, que las enfermedades son alteraciones energéticas y que los dinamizados realmente son portadores de energías innominadas.

La dinamización: conforme a conocimientos actuales de la química, ¿existe algún compuesto cuya reactividad se incremente a medida que su concentración disminuye o se hace cero en un solvente determinado? No. ¿Existe evidencia de alguna acción, energética o de otro tipo, a nivel subatómico lograda mediante la agitación de un frasco? No. La teoría física moderna, incluyendo la mecánica cuántica, ¿tiene lugar para un efecto semejante? No. ¿Existe algún modelo que justifique la pretendida memoria del agua? No. ¿Existe alguna prueba reproducible que la justifique? No. ¿Existe algún fenómeno físico o químico que presente propiedades tan extraordinarias como estas, fuera, por supuesto, de la medicina homeopática? No. ¿Pueden prescindir la ciencia de tales especulaciones sin base y sin correlato empírico? Sí. ¿Puede prescindir de ellas la Homeopatía? No.

En esta última pregunta está la raíz del problema. La Homeopatía nace en 1796, producto de las especulaciones de Samuel Christian Hahnemann. Nace, como Minerva, armada de pies a cabeza, definida en prácticamente todos sus detalles. Un caso semejante no conoce parangón en la ciencia, y en especial en la moderna medicina científica, adicta a lo cambiante, a la controversia y a la discusión. Los homeópatas han optado por congelarse en esa fecha mágica, ignorando voluntariamente dos siglos de evolución en el conocimiento científico. A lo más que llega su audacia es a usurpar términos de las ciencias verdaderas para disfrazar sus creencias irracionales, a ratos pseudomísticas y a ratos cuasirreligiosas, basadas ante todo en la fe ciega y en una ininterrumpida suspensión de la incredulidad.

2 comentarios:

enrique fontalvo dijo...

uno de los ejemplos mas claros que la homeopatia actua es la sapirina que a dosis muy altas produce hipertermia ;pero a dosis bajas baja la fiebre. y a dosis minimas es antitrombótica.Las vacunas son deprincipio homeopático. El médico que no entiende la homeopatía que use phospurus en la hepatitis y verá que resultados obtiene.Corresponde a la ciencia investigar la homeopatía. pero hay herramientas como el psicoanalisis de freud que se originó por experiencias de el esto en trabajo sociológico se llama sistematización es recolectar la información de las experiencias vividas narradas desde adentro. particularmente la homeopatía me ha dado resultados clínicos buenos, sin dejar de desconocer el uso de otras terapias. lo mejor que estos sintomas queusted llama de intoxicacion se presentan por enzima de la 30centesimal cuando según la ley de avogadro no hay moléculas o sea que el paciente estaría intoxicado segun usted con energia. lo que demuestra que la homeopatia actua. porque si no hay moleculas en sal de cocina a la 30cc al paciente porqué le da sed. ?

Manolo_elmas dijo...

Vayamos por partes, que su comentario es prolijo.
Primero: es cierto que la aspirina a dosis mínima es antitrombótica, pero esa dosis mínima contiene algo de principio activo. Cualquier homeópata le reconocerá que por encima de una disolución de 12HC no hay principio activo ninguno.
Las vacunas y la homeopatía no tienen nada que ver, entre otras cosas porque las vacunas son preventivas y la homeopatía se receta cuando los síntomas ya se han manifestado. Además (citando el informe de ARP), hay que tener en cuenta que en el proceso inmunológico subyacente a la vacunación los anticuerpos generados por el organismo son específicos del antígeno inoculado (un microorganismo o una toxina generada por el mismo). Esta especificidad exige que, a diferencia de la homeopatía, el antígeno se inocule en cantidades suficientes para ser detectado por el sistema inmunológico, disparando de esta forma la producción del anticuerpo. A pesar de los esfuerzos de Jaques Benveniste (descubridor, como usted sabrá, del misterioso fenómeno de la "memoria del agua", y posteriormente defenestrado al demostrarse que manipuló los resultados de sus experimentos), no se ha podido comprobar una respuesta inmunológica cuando el antígeno se halla altamente diluido. Cero similitudes, pues.
Más cosas: su comentario acerca del psicoanálisis de Freud no tiene sentido, primero porque no tiene relación alguna con la homeopatía, y segundo por que sus sistemas han sido altamente superados por la psicología y psiquiatría modernas. Freud está actualmente desacreditado de forma generalizada entre los profesionales.
El que las intoxicaciones se produzcan por encima de la 30 centesimal es una afirmación suya. Requeriría pruebas fehacientes de ello, no me lo puedo creer sólo porque usted lo diga. Igualmente el caso de la sal: ¿cómo sabe usted que una dilución de sal a la 30cc da sed? ¿Me puede mostrar un estudio serio que lo demuestre?
Y respecto a la toxicidad a altas diluciones, se ha promovido el llamado suicidio homeopático: el año pasado, una veintena de científicos belgas lo promovió como protesta por que las aseguradoras del país incluyeran la homeopatía entre sus servicios médicos. Ingirieron en grupo una dosis infinitesimal -y, por tanto, muy potente, según los principios homeopáticos- de un cóctel de venenos: belladona, arsénico, veneno de serpiente... No les pasó nada.
Resumiendo: la homeopatía tiene poderes mágicos aun no descubiertos, sigue sin ofrecer pruebas honestas y científicas de su validez y se basa en supuestas energías misteriosas, la vis natura medicatrix y otros extremos que, a día de hoy, nadie ha podido probar fehacientemente.