29 noviembre 2006

Un veredicto (JG3)

Buscando buscandito, me he topado en Internet con una página web, ya extinta, de un tal Javier Garrido, en la que se exponen diversas cuestiones sobre esta pseudomedicina, algunas ya requetecontrastadas y requetecitadas en este y en otros blogs sobre el tema, y otras no tanto, algunas anécdotas o ciertos puntos de vista interesantes. Así, aunque pueda parecer una redundancia, y sin pedirle permiso al autor, puesto que -como su web- ha desaparecido de Internet, me permito reproducir aquí algunos de sus artículos sobre el tema. Los he señalado como JG1, JG2 y JG3.

Un ilustre contemporáneo de Samuel Christian Hahnemann, el físico y astrónomo Pierre-Simon Laplace, solicitó cierta vez que se incorporase la Medicina a la Academia de Ciencias, para que allí, en contacto con los verdaderos sabios, los médicos empezaran a hacerse científicos. Demás está decir que esta despectiva opinión resulta exagerada en más de un sentido, pero a pesar de eso refleja bastante bien la percepción que tenían los hombres de aquella época respecto a la Ciencia Medica. Y no podía ser de otra forma: los conocimientos fisiológicos se hallaban aún en estado embrionario, se desconocía por completo la etiología de las enfermedades, se carecía de medios adecuados de diagnóstico, las terapéuticas efectivas eran escasas y se apelaba con frecuencia a tratamientos tan brutales como inútiles. Si se compara todo esto con el desarrollo de la Física a partir de Galileo casi terminaremos por darle la razón al marqués de Laplace. Esta situación iría cambiando paulatinamente a lo largo del siglo XIX, que es el siglo de Claude Bernard, de Rudolph Virchow, de Lister, de Pasteur, de Robert Koch, de Laennnec, de Semmelweis...

Hahnemann descubre o inventa su sistema en 1796, y publica su obra monumental, el "Organón de la Medicina Racional" en 1810. Lo hizo mezclando una idea que rondaba por la conjetural medicina de esos tiempos desde hacía varios siglos, con suposiciones propias, apreciaciones arbitrarias e inferencias gratuitas. Mientras aquella medicina que tanto desdeñaba Laplace se transformaba poco a poco en una autentica ciencia experimental y empezaba a producir resultados tangibles, la Homeopatía cesó de evolucionar prácticamente desde el mismo momento de su nacimiento, estancándose en los "hechos" descubiertos por Hahnemann y poniéndose de espaldas a todos los descubrimientos posteriores, encerrandose en lo que solo se puede calificar de dogmatismo autista. Y esto no es poco decir: son dos siglos en los que el conocimiento médico, desarrollándose a un ritmo cada vez más acelerado, ha encontrado más respuestas, y de un modo absolutamente abrumador, que en todos los siglos anteriores de la historia de la Humanidad.

En lugar de esto, ¿qué nos ofrece la Homeopatía?

1. Una ausencia total de bases científicas comprobables, de datos bien contrastados y reproducibles.

2. Un desconocimiento absoluto de la etiología de la enfermedad.

3. Una "fisiopatología" y una "etiopatogenia" (por llamarlas de alguna forma) que no son otra cosa que una mezcolanza de nebulosos términos metafísicos con crasas arbitrariedades, opiniones sin fundamento y argumentos de autoridad.

4. Una "nosografía" (por llamarla de alguna forma) basada exclusivamente en síntomas, muchos de ellos caracterizados por su vaguedad y su insignificancia, incapaz de diferenciar una peritonitis de una crisis histérica conversiva (si los síntomas son iguales, para un homeópata se tratará de la misma enfermedad).

5. Una "terapéutica" (por llamarla de alguna forma) sin base racional ni lógica, contraria a la experiencia y a las evidencia acumuladas conjuntamente por la física, la química, la fisiología, la fisiopatología, la bioquímica y la farmacología, pero asimismo saturada de más términos metafísicos (en el mal sentido de la palabra).

6. Una absoluta carencia de pruebas científicas de que su grotesca terapéutica funcione como algo más que un placebo. Por pruebas científicas quiero decir: ensayos clínicos bien controlados y reproducibles, y no la consabida evidencia anecdótica. Pero como han tenido doscientos años para demostrar algo y no lo han hecho, veo muy difícil que lo vayan a hacer de ahora en adelante.

7. Un lenguaje pintoresco, mezcla de términos en desuso desde el siglo XVIII con "actualizaciones" fraudulentas, y una gama de "medicamentos" (por llamarlos de alguna forma) con bonitos nombres en latín.

Entendámonos: los homeópatas proclaman orgullosamente que ellos, a diferencia de la perversa medicina "oficial", son los únicos que tratan causalmente la enfermedad (desconociendo completamente su etiología, su etiopatogenia y su fisiopatología) y al individuo (clasificándolo por sus síntomas en lugar que por su enfermedad), pero no ofrecen la menor prueba de ello. Nunca se les verá tratando una meningitis o una neumonía complicada, aunque disponen en su arsenal "terapéutico" de las drogas pertinentes (???), a menos que los Repertorios estén errados; con mucha prudencia han optado por refugiarse en las enfermedades crónicas y en cuadros evanescentes. Con frecuencia los vemos exhibir arrogantemente el siguiente malhadado "dictamen" de la O.M.S:

La Homeopatía es una disciplina médica cuyo énfasis principal es la terapéutica. Es un sistema de bajo costo que emplea exclusivamente drogas sin toxicidad. Puede usarse para tratar enfermedades agudas o crónicas, pero su más grande contribución está en el éxito de las enfermedades crónicas que se han transformado en difíciles de manejar por los métodos ortodoxos.

Otra vez las enfermedades crónicas. Pero que lástima que eso no sea lo que postule Hahnemann, ni lo que afirmen sus discípulos hasta el día de hoy (dicho sea de paso, tampoco existen pruebas de que curen enfermedad crónica alguna; a lo más, las alivian; ¿otra vez el efecto placebo? ¿o es que estamos hablando de enfermedades que remiten periódicamente?). Frente a estás miserias casuística, la medicina "oficial" (yatrogénica por definición) ha logrado curas efectivas, y comprobadas de forma irrebatible, para decenas de enfermedades infecciosas, para numerosos procesos tumorales, para cardiopatías que con anterioridad eran mortales invariablemente; ha mejorado la calidad de vida de millones de personas con enfermedades crónicas mediante terapéuticas racionales y rehabilitación; ha logrado milagros tecnológicos como los transplantes de órganos; ha salvado a millones de vidas por medio de la vacunación; ha erradicado la viruela y está haciendo lo mismo con el sarampión y la poliomielitis... Y todo esto sin apelar a energías oscuras ni a verdades reveladas, y sobre todo, sin pretender tener en sus manos la panacea absoluta ni curar "causalmente" todas las enfermedades.

Más que como una "medicina", la Homeopatía debería definirse como una secta religiosa, con su gurú infalible y omnisciente, con su dependencia de la Verdad Revelada y de la Fe Ciega, con su fascinación hacia lo irracional, con su adhesión a conocimientos y ritos inmutables y perennes, con su hostilidad hacia el conocimiento científico, con sus prácticas curanderas tomadas prestadas de la magia imitativa más rudimentaria. En ella no hay nada de ciencia, ni puede haberlo; desde sus inicios fue una pseudociencia, y hasta el día de hoy la situación no ha cambiado en absoluto.

Pero... ¿la homeopatía funciona? (JG2)

Buscando buscandito, me he topado en Internet con una página web, ya extinta, de un tal Javier Garrido, en la que se exponen diversas cuestiones sobre esta pseudomedicina, algunas ya requetecontrastadas y requetecitadas en este y en otros blogs sobre el tema, y otras no tanto, algunas anécdotas o ciertos puntos de vista interesantes. Así, aunque pueda parecer una redundancia, y sin pedirle permiso al autor, puesto que -como su web- ha desaparecido de Internet, me permito reproducir aquí algunos de sus artículos sobre el tema. Los he señalado como JG1, JG2 y JG3.

Para efectos prácticos, cuando algo funciona en realidad, podemos disculparle las incoherencias teóricas que tenga en sus bases, aunque sea provisionalmente, hasta que la teoría se depure. Si la Homeopatía funciona ¿por qué no perdonarle su abuso de conceptos tan nebulosos e irracionales como "energía vital", "miasma psórico" y "dinamizaciones"? ¿O la tan dudosa Ley de las Semejanzas? Todo esto esta muy bien, siempre y cuando funcione. Pero ¿funciona?

Para empezar, la Homeopatía apuesta muy alto postulándose como la única medicina que ataca la enfermedad en sus causas (bueno, existen otras "medicinas alternativas" que le hacen competencia al respecto). Esto, sin duda, suena impresionante, ya que aunque la medicina científica también persigue ese objetivo, con mucha humildad debe reconocer que se encuentra lejos de lograrlo para innumerables patologías. Ya que estamos informados que la homeopatía conoce la causa de las enfermedades (al fin y al cabo todas son perturbaciones de la "fuerza vital") y conoce el modo causal de tratarlas (por medio de los compuestos energéticos adecuados, a través de la Ley de las Semejanzas), no debe ser muy difícil demostrar si funciona o no. Pues no, no es nada fácil, y las dificultades nacen de las mismas bases teóricas de la Homeopatía.

Cuando la medicina científica quiere demostrar la utilidad de un fármaco, hace uso de los llamados "ensayos clínicos controlados". En estos, se toman pacientes con cuadros nosológicos reconocibles y bien determinados, que cumplan con ciertos criterios, para luego separarlos al azar en varios grupos, a los que se les administra diferentes esquemas de tratamiento o placebos. La forma ideal de estos estudios son los realizados a doble ciego (ni el investigador ni el paciente conocen quien está recibiendo el medicamento de prueba y quien el placebo). Luego, los datos obtenidos son comparados con las herramientas estadísticas adecuadas y se decide si hubo diferencias significativas entre la evolución de los dos grupos. De esta manera podemos comparar, por ejemplo, dos antibióticos diferentes en el tratamiento de la neumonía neumocóccica. Un punto importante es que este es un tipo de ensayo reproducible, que otro investigador puede repetir, confirmando los resultados anteriores, o, con mucha frecuencia, refutándolos, lo que permite descubrir sesgos y fallas metodológicas en el estudio previo y dar pie a otros más depurados.

Veamos, ¿es factible realizar algo similar en la Homeopatía? No digamos que es imposible, pero si extremadamente difícil. Para empezar, la Homeopatía no clasifica las enfermedades en cuadros nosológicos claros y definidos, sino en variopintas agrupaciones de síntomas, lo cual es inevitable si se considera que no son sino manifestaciones de la alteración de la fuerza vital. Esos mismos síntomas se clasifican según su grado, su cronología, su jerarquía, su frecuencia, su prescripción y sus modalidades. Según su frecuencia los síntomas pueden ser comunes o característicos, y estos últimos a su vez se dividen en psíquicos, claves, extraños, paradojales, alternantes, variables y concomitantes (por respeto al lector me abstengo de detallar todas las demás categorías). Por poner un ejemplo, los síntomas predominantes del enfermo sicósico son: miedo franco, suspicaz, falsedad, mentiroso, desconfiado, descontento, ambiciosos, bribón, memoria activa, precipitación, escandaloso, extrovertido, ostentoso, impúdico, voluptuoso, depresión mental, mejoría por el movimiento, agravación vespertina, agravación por la humedad, tendencia a la proliferación, excrecencias cutáneas y mucosas, retención de desechos, tumoraciones (no, no estoy inventando; esta delirante enumeración la he extraído de la página 115 de Homeopatía, Medicina del Terreno, de José Barros St Pasteur, editado por la Universidad Central de Venezuela).

Quizás no sea ocioso recordar aquí al fraudulento Dr. Franz Kuhn (inventado por Jorge Luis Borges), quien atribuye a cierta enciclopedia china titulada "Emporio celestial de conocimientos benévolos" la siguiente clasificación de los animales: a) pertenecientes al Emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas, f) fabulosos, g) perros sueltos, h) incluidos en esta clasificación, i) que se agitan como locos, j) innumerables, k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l) etcétera, m) que acaban de romper el jarrón, n) que de lejos parecen moscas.

Cuando queremos comparar algo, en primer lugar debemos tener algo que comparar. Y esa filigrana barroca de síntomas no deja mucho espacio para semejantes minucias. Un homeópata insistirá, por ejemplo, en que un grupo comparable será aquel que presente preocupaciones sin causa aparente (manifestación de un predominancia psórica latente), pies fríos, eructos ácidos, aversión por la ginebra, por la música de Telemann y por el tiempo nublado. Que le demostremos que tres de sus pacientes tienen neumonía, uno tuberculosis y dieciséis catarro común no le quitará el sueño en lo absoluto. Por supuesto, conseguir un grupo de estudio con características medianamente adecuadas en esas condiciones es una labor titánica hasta para los mismos homeópatas. Y sin uniformidad en los síntomas no puede haber uniformidad en el tratamiento, y mucho menos estudios adecuadamente reproducibles. Esta es una de las razones por las cuales los ensayos clínicos sean escasos en la "ciencia" homeopática, y de que cuando se realizan, casi siempre terminen siendo publicados exclusivamente en revistas homeopáticas.

Ensayos clínicos en homeopatía

A pesar de la dificultad arriba mencionada, no se puede negar que, ciertamente, existen algunos estudios controlados sobre la "efectividad" de los remedios homeopáticos. Y si bien muchos de esos estudios simplemente no muestran ningún efecto beneficioso del tratamiento homeopático cuando se le compara con un placebo, existe un pequeño grupo de trabajos con resultados aparentemente positivos.

¿Significa esto que, a pesar de todo, existen algunas pruebas objetivas de que la homeopatía funciona? Pues no necesariamente. Veamos por qué.

Para empezar, el carácter de esos estudios suele ser problemático. La mayoría son realizados por homeópatas, y sus informes suelen estar contaminados con su retórica idiosincrásica, lo que hace sospechar fuertemente de la presencia de sesgos del investigador. Por regla general, las investigaciones se afincan sobre procesos crónicos (eczema, artritis reumatoide, asma, migraña, alergias, bronquitis, dismenorrea, síndrome de intestino irritable, etcétera), que suelen cursar en cualquier caso con remitencias y recrudecimientos periódicos; en otras ocasiones, se trata de procesos autolimitados (por ejemplo, la influenza). Por el contrario, las enfermedades agudas, como las infecciones bacterianas, para las que sería muy fácil y claro obtener resultados de curación o no, son ignoradas. Adicionalmente, aún los mejores trabajos suelen estar acribillados de fallas metodológicas.

Una de las primeras expectativas que debemos desechar a la hora de revisar uno de esos estudios, es la de obtener evidencia contundente de una cura completa de la enfermedad que sea (la que, sin embargo, tendríamos derecho a esperar de acuerdo a la teoría homeopática). Esa evidencia simplemente no existe. A lo más que llegan esas investigaciones es a encontrar alguna diferencia estadísticamente significativa en la mejoría de los síntomas respecto a un grupo tratado con un placebo. En otras ocasiones, se investiga algún efecto periférico, pero sin entrar en detalles acerca de si los pacientes se curan o no. Por lo visto, todo el tema está impregnado de una vaguedad fundamental.

Los estudios acerca de la "efectividad" de la homeopatía han sido objeto de diversas revisiones y meta-análisis. Una amplia revisión fue realizada por Scofield en 1984, y publicada el British Homeopathic Journal (The Brit Homeo J.1984;73:161-226). La conclusión de Scofield no puede ser más característica:

Es obvio, a partir de esta revisión, que, a pesar de todo el trabajo experimental y clínico, existe muy poca evidencia de que la homeopatía sea efectiva. Esto es debido al mal diseño, ejecución, presentación de los informes, análisis y, particularmente, de la falla en reproducir los trabajos experimentales, y no necesariamente debido a la ineficacia de un sistema que debe ser apropiadamente examinado en gran escala. Hay suficiente evidencia para justificar la ejecución de trabajos bien diseñados y cuidadosamente controlados.

En otras palabras, la evidencia es escasa y derivada de trabajos mal realizados, pero cuando algún día se realicen trabajos adecuados, quizás la homeopatía demuestre su eficacia. Algo, sin duda, verdaderamente esperanzador. Por otra parte, el mismo Scofield afirma también que la homeopatía no ha sido, ciertamente, refutada. Esta afirmación solo puede ser calificada de malabarismo verbal: lo que en realidad interesa no es si está refutada o no, sino si existen pruebas de que funciona. Y estas, lamentablemente, brillan por su ausencia.

Otra revisión del tema fue realizada en 1990 por Hill y Doyon (Rev Epidemiol Sante Publique 1990;38:139-147). Estos analizaron un total de 40 estudios en los que se comparaba la eficacia del tratamiento homeopático contra el tratamiento convencional o contra un placebo. Los resultados de este análisis no pueden ser más demostrativo: de los trabajos revisados, todos, excepto tres, tenían severas fallas de metodología y diseño. De los tres estudios supervivientes, solo uno había reportado resultados positivos. La conclusión de los autores fue que no existía evidencia de que el tratamiento homeopático tuviera algún valor. Posteriormente, se han realizado al menos dos extensos meta-análisis sobre la eficacia de la homeopatía. Un meta-análisis es un estudio en el que se reúnen los mejores estudios realizados (los más rigurosos, mejor controlados, etcétera), y se analizan como si fuera un solo trabajo de investigación. Es un método que tiene diversos pros y contras, pero que en muchas ocasiones puede contribuir a esclarecer una cuestión. Solo que en esta ocasión no es ese el caso.

El autor del primero de esos meta-análisis fue Kleijnen, y sus resultados fueron publicados en 1991, en el British Medical Journal (BMJ 1991;302:316-323). En esa investigación se analizaron 107 estudios homeopáticos; en 81 de ellos se encontraron resultados "positivos" y en 24 "negativos". ¿Pudo Kleijnen sacar alguna respuesta concreta de todo esto? La respuesta aquí es no. Esta es la conclusión de los investigadores:

En este momento la evidencia de los trabajos clínicos es positiva, pero insuficiente para llegar a conclusiones definitivas, debido a que muchos trabajos son de baja calidad metodológica y debido al rol desconocido del sesgo de publicación.

El sesgo de publicación mencionado es simplemente la tendencia a publicar los trabajos con resultados positivos, pero no aquellos con resultados negativos. Por demás, esta conclusión es exactamente idéntica a la emitida por Scofield siete años antes, incluyendo el detalle de la mala calidad de los estudios realizados. Sin embargo, no podía faltar (otra vez) la nota esperanzadora:

Esto indica que existe una causa legítima para más evaluaciones de la homeopatía, pero solo con trabajos bien ejecutados.

Una vez más, el hospitalario futuro queda para aguardar esos estudios bien diseñados que no se resuelven a parecer por ninguna parte.

Un segundo meta-análisis sería publicado en 1997 en el Lancet, con Klaus Linde y Nicola Clausius como autores principales (Lancet 1997; 350: 834-43). En este, se revisaron 186 estudios, de los que 119 cumplieron con los criterios de inclusión, pero solo 86 resultaron con datos adecuados para el meta-análisis. Globalmente, los remedios homeopáticos resultaron superiores al placebo, a pesar de los cual los autores optaron por la prudencia al concluir que los resultados de nuestro meta-análisis no son compatibles con la hipótesis de que los efectos clínicos de la homeopatía son debidos completamente al efecto placebo. Sin embargo, nosotros encontramos evidencia insuficiente en esos estudios de que la homeopatía sea claramente eficaz para una sola condición clínica. Y terminan sugiriendo la necesidad de más estudios "rigurosos y sistemáticos". Lo que ya suena bastante conocido.

Las críticas a este trabajo fueron particularmente severas, incluyendo el ya mencionado sesgo de publicación, el escaso rigor de los criterios de los estudios utilizados, la combinación de trabajos con patologías y tratamientos muy diferentes. Se encontró que uno de los estudios incluidos había sido previamente citado como ejemplo de un inapropiado uso de las estadísticas. Por lo demás, los mismos autores consideraron (otra vez) que la evidencia clínica de la eficacia de la homeopatía seguía siendo insuficiente.

Una vez más, seguimos en el mismo terreno: la evidencia incontrovertible y definitiva de que la homeopatía funciona sigue sin aparecer. Pero ¿a que se deben entonces esos resultados aparentemente positivos en algunas ocasiones? ¿Es que a pesar de todo "algo hay de verdad" en la "ciencia" homeopática? Pues no: lo más probable es que esos aparentes resultados positivos se deban a diversos sesgos que se cuelan en trabajos inadecuadamente diseñados. Curiosamente, la confirmación de esto nos la puede dar el mismo Klaus Linden, en un estudio publicado en 1999 (Impact of study quality on outcome in placebo-controlled trials of homeopathy. J Clin Epidemiol 1999;52(7):631-6).

En este estudio no se analizó la eficacia de la homeopatía, sino la influencia de la calidad metodológica de los trabajos en la obtención de resultados positivos o negativos. Se estudiaron en total 89 trabajos. Y la conclusión de los investigadores no debe sorprendernos: Concluimos que en el grupo de estudios investigado, hubo una clara evidencia de que los estudios con mejor calidad metodológica tienden a tener menos resultados positivos.

Por lo menos aquí si tenemos una autentica conclusión: hubo una clara evidencia. En otras palabras, para obtener resultados probatorios de la eficacia de la homeopatía, es de rigor que el estudio esté pobremente diseñado, tenga fallas metodológicas y sesgos varios. Cuando existe un buen diseño experimental, las maravillosas propiedades de los remedios homeopáticos se ocultan pudorosamente.

En conclusión, tras tantos años y tantos estudios la homeopatía sigue sin proporcionar una sola prueba definitiva y que se mantenga en pie tras controversia. Lo único que hay son danzas estadísticas en torno a trabajos de calidad muy pobre. Desde Scofield hasta Linden la historia siempre es la misma: los trabajos están mal diseñados, son necesarios trabajos mejores, y así, ad nauseam. Pero estos no se resignan a aparecer.

Falta echarle un breve vistazo a las "ciencias básicas" homeopáticas. En 1993, Walach publicó un estudio doble ciego en el que se le administro Belladonna 30 CH o placebo a un grupo de 47 voluntarios sanos (J Psychosom Res 1993;37(8):851-60). Esto, plenamente dentro del espíritu Hahnemanniano de la "experimentación en el hombre sano". De acuerdo a la teoría homeopática , las peculiaridades energéticas de la Belladonna debían producir unos determinados síntomas al suministrarlos al hombre sano y actuar sobre su energía vital. Al cabo de cuatro semanas, no se encontraron diferencias significativas entre los "síntomas" del grupo que recibió el placebo y el que recibió el fármaco homeopático.

La evidencia anecdótica

Aunque sospecho que todavía usted, paciente lector, quizás no está convencido del todo. Después de todo, la respuesta standard de la Homeopatía (y de las demás pseudomedicinas) a esta clase de señalamientos es que se tratan de una pérfida maniobra de la agonizante medicina oficial, ya a punto de derrumbarse definitivamente, y que de ese modo pretende conservar su monopolio de destrucción de la salud.

Claro, admitamos que a pesar de que no pueden demostrar científicamente que sus dinamizados curen cualquier cosa, todavía podría ocurrir que la medicina homeopática funcionara. Al fin y al cabo, la ciencia no lo sabe todo (este es otro lugar común).

Casi todos hemos tenido alguna oportunidad de charlar con alguien que ha estado en contacto con la medicina homeopática, bien porque ha sido tratado directamente por un homeópata, bien porque conoce a alguien que lo ha sido. Suelen ser individuos entusiastas que rechazan con vigor los perniciosos tratamientos alopáticos (palabra que suele ser de reciente adquisición en su vocabulario) al tiempo que exaltan las virtudes esenciales de la homeopatía (a pesar de desconocerlo todo acerca de ella), como en otra ocasión exaltarán las de la iridología o de la reflexoterapia. Este exultante individuo no cesará de repetir una y otra vez como el mismo o un pariente o algún conocido ha sido exitosamente tratado y curado por la rigurosamente exacta ciencia homeopática tras haber sido víctima de los dolosos manejos de la medicina oficial. Pretender razonar con alguien así es de antemano una labor inútil pues nos encontramos ante un auténtico converso, rendido al mundo de maravillas de la Homeopatía. Pero intentemos sacarle al menos algunas precisiones: entonces empezará a referir tal o cual dolor mal definido, sensaciones de ahogos, catarros, diarreas y cosas por el estilo, junto con mal recordados (o mal interpretados) diagnósticos alopáticos. Y ya nos encontramos ante la carta fuerte de la Homeopatía: la evidencia anecdótica.

La principal razón de que mucha gente piense que la Homeopatía funciona (o sea, que realmente cura) son los casos anecdóticos que van de boca en boca, convenientemente embellecidos, revisados y aumentados por cada relator. Por supuesto, a la medicina científica no se le permiten tales expansiones; para ella un caso anecdótico será solo una observación a partir de la cual establecer una hipótesis, pero sin poder presentarlo jamás como la demostración de un hecho (aclaro: me refiero al cuerpo de conocimientos médicos, no a la conducta de algún médico en particular). Pero como los homeópatas se rigen por normas propias no es de esperar que sean tan quisquillosos: renegar de que algún caso aislado constituya una demostración equivaldría a rechazar su única fuente constante de credibilidad externa (la interna por otra parte se basa más en el autoengaño que en otra cosa, aunque también pululan los casos de soberbia intelectual y de ignorancia simple y llana).

No negaré que las curaciones homeopáticas abundan. Pero reivindicar que se trate de casos bien documentados ya es algo completamente diferente, y en la absoluta mayoría de los casos la demostración con pruebas irrecusables de que existía previamente una enfermedad y que esta ha desaparecido por la presunta acción de las maravillosas dosis infinitesimales simplemente no existe. Por otro lado, ¿de que curaciones hablamos? Nunca oiremos una historia acerca de una meningitis o de una cirrosis hepática diagnosticadas de modo irrebatible tratadas exitosamente con las gotas milagrosas o con los omnipotentes glóbulos. Y no es porque no exista el remedio en la farmacopea homeopática para trastornos tan radicales; en la Materia Médica Pediátrica de Guillermo Enrique Rincón (también editado por la Universidad Central de Venezuela) incluso recomienda el Pyrogenium para el paro cardíaco en fiebres sépticas(?), el Plumbum para los tumores cerebrales (??), el Apoccynum cannabium y la Pulsatilla nigricans para la peritonitis (???) y la Silicea para los abscesos pulmonares (????).

De lo que si oímos hablar es de exitosas curaciones de enfermedades crónicas, de trastornos psicosomáticos y de muchísimas patologías mal definidas. ¿Y como se producen estas? Sinteticemos:

1. Existen numerosas enfermedades que desaparecen solas, ya que se trata de procesos autolimitados. Y contra lo que se puede suponer, esto no es cierto solo en relación con los procesos más banales; incluso enfermedades muy serias pueden remitir por si solas siguiendo su curso natural. En este caso entran muchas infecciones virales (pero no exclusivamente ellas). El paciente acude el lunes al perverso alópata y este le recomienda descanso, aspirina y paciencia; el miércoles no se siente mejor y va donde el iluminado homeópata, quién le hace énfasis en la fuerza vital desequilibrada y le receta unas gotas misteriosas, con una etiqueta en latín. El viernes ya está bastante mejor. ¡Otro éxito de la Homeopatía! Pero no, la gripe se le hubiera quitado igual. Aquí si funciona la Vis Medicatrix Naturae, pero las gotas no influyeron para nada en el proceso.

2. Enfermedades crónicas: en su curso natural muchas enfermedades crónicas presentan periodos alternados de remitencia y de recrudecimiento. El enfermo acude con sus dolores articulares donde el homeópata y este le prescribe Veratrum album. Si no mejora le aumente la potencia del fármaco (se lo indica aún más diluido) y luego le agrega Rhus toxicodendron. Cualquier empeoramiento inicial está ya contemplado, pues la agravación es de esperarse en los primeros diez días de inicio del tratamiento (o como dice Kent, otro de los próceres de la homeopatía: está peor pero se siente mejor). Luego de dar tantas vueltas (este proceso puede durar semanas) finalmente el paciente comienza efectivamente a mejorar. ¿Por el Veratrum? Pues no: lo que ha funcionado aquí ha sido simplemente el curso natural de la enfermedad, el paciente hubiera mejorado igual sin las gotas o los glóbulos, y estos han servido solamente para quitarle ansiedad al paciente, pues siente que está recibiendo algún tratamiento. Para cuando vuelvan los dolores (lo que ocurrirá casi con toda certeza) ya el homeópata tendrá preparada su coartada, a base de invocar algún nuevo efluvio miasmático.

3. Información insuficiente o inadecuada: muchas presuntas curaciones son únicamente producto de insuficiencias de información; el paciente mejora pero no estamos al tanto de todas las circunstancias que lo hicieron mejorar. Y muchas veces se toman oscuros e incontrolados efectos periféricos por curaciones reales. Un ejemplo: un paciente con una cardiopatía reumática, ulcera gástrica e, incidentalmente, colesterol alto. Le indican Nux vomica y el colesterol regresa a niveles normales. ¡Éxito! Pero no se nos dice si ese paciente cambio sus hábitos nutricionales mientras recibía el milagroso tratamiento, y sobre todo, no se nos dice si ese era precisamente el efecto que se quería lograr. De hecho, la cardiopatía y la úlcera, que eran los auténticos problemas siguieron exactamente igual que antes, y eventualmente deberán ser resueltos por los ignorantes y dogmáticos alópatas.

4. En todas está curaciones está implicado el efecto placebo. Basta la certeza de estar siendo tratado para que algunos pacientes mejoren, pero estar mejor no es lo mismo que estar curado. Esto puede llegar a ser trágico cuando existe una patología orgánica de base.

5. Enfermedades psicosomáticas o puramente imaginarias, trastornos somatomorfos. De las enfermedades psicosomáticas y la neurosis hipocondríaca no hay mucho que decir: combinemos el efecto placebo con la compresiva actuación de un médico que escucha, que habla de fuerzas misteriosas y que receta remedios con nombres atractivos y no menos misteriosos y el alivio del paciente será casi inmediato. Ya solo la disminución de la angustia aporta un alivio notable para el paciente. Pero esto no es homeopatía, es psicoterapia, y de nuevo encontramos que ni la manipulación de los trastornos de la fuerza vital ni las altas diluciones tienen nada que ver con la mejoría.

6. Peor es cuando se trata de enfermedades inexistentes: con mucha frecuencia todo se inicia con un diagnóstico alopático mal comprendido, o hasta con un no diagnóstico. El paciente acude donde el alópata con un trastorno mal definido o trivial y este le dice que no tiene nada. Acude luego donde el homeópata y este le encuentra síntomas predominantes de enfermo psórico: ansiedad, inhibición, aversión por el aire libre, prurito, etcétera. Luego le va descubriendo otros síntomas por el estilo, como aversión a las grasas y al pan, constipación eventual, dolores de cabeza producidos por el calor y gran eretismo sexual, que impele a vicios secretos. Lo determinante aquí es que la ciencia homeopática ha logrado el milagro, mediante malabarismos puramente verbales, de crear una enfermedad de consideración donde antes no había ninguna, por un efecto de bola de nieve. Ahora el paciente si está seguro de estar enfermo. Pero llega la Homeopatía al rescate y le indica (pongamos por ejemplo) Lachesis trigonocephalus o Lycopodium clavatus. Mejoría inmediata o tras algunos ajustes de dosis y nuevo éxito, merecedor de ser escrito con caracteres de oro en el frontispicio del Templo Homeopático, y los consabidos denuestos hacia la medicina oficial. Lo único de lamentar es que el paciente no haya estado enfermo antes de curarse.

¿Y que hay cuando el enfermo, después de ser tratado causalmente de sus males mediante la manipulación de la Fuerza Vital, no mejora, recae o fallece? Para esto también la Homeopatía tiene respuestas (coartadas). Se puede invocar:

a) El cambio miasmático.
b) Errores en la prescripción al no considerar todos los síntomas del paciente (quizás al paciente se le olvido referir que es mentalmente excitable durante el sufrimiento de su vientre; fácilmente irritable por las crisis de cólicos; descontento consigo mismo debido a sus males; aversión al movimiento; odio a la gente; bebedores cansados; hipocondríacos; predice la muerte dentro de una semana... lo que hubiera hecho apremiante la indicación de Aloe socotrina).
c) Contaminación del medicamento por transferencia energética medicamentosa (al parecer, también existe tal cosa).
d) La falsa curación por "supresión mórbida", que puede ocurrir hasta por ...aplicaciones de unturas en la superficie del cuerpo por alguna manifestación que aparezca en el curso del tratamiento homeopático.

La casi común creencia de que la Homeopatía sirve de algo se basa en estas miserias testimoniales y metodológicas. No hay homeópata que no enarbole sus casos dudosos como prueba de la veracidad de sus asertos, pero puesto en la disyuntiva de demostrar de acuerdo al método científico que su ciencia en realidad tiene alguna base no atinará sino a dar subterfugios y evasivas, adobadas con uno que otro estudio viciado e imposible de reproducir. En doscientos años han tenido tiempo más que suficiente para superar esto y dar pruebas satisfactorias e irrebatibles de que en verdad pueden curar alguna enfermedad. ¿Por qué no lo han hecho? Pues bien, la razón es una sola: porque la Homeopatía simple y llanamente no funciona.

Bases científicas de la homeopatía (JG1)

Buscando buscandito, me he topado en Internet con una página web, ya extinta, de un tal Javier Garrido, en la que se exponen diversas cuestiones sobre esta pseudomedicina, algunas ya requetecontrastadas y requetecitadas en este y en otros blogs sobre el tema, y otras no tanto, algunas anécdotas o ciertos puntos de vista interesantes. Así, aunque pueda parecer una redundancia, y sin pedirle permiso al autor, puesto que -como su web- ha desaparecido de Internet, me permito reproducir aquí algunos de sus artículos sobre el tema. Los he señalado como JG1, JG2 y JG3.

La "Ley" de las Semejanzas

Si bien el Dinamismo Mórbido es el que proporciona las bases fisiopatológicas y etiopatogénicas (por llamarlas de alguna forma) de la Homeopatía, lo correcto es comenzar hablando de la Ley de la Semejanza. Al fin y al cabo con esa ley fue que con la que empezó Hahnemann a construir su sistema (y no nos corresponde a nosotros poner en duda Su Sabiduría). No está de más recordar nuevamente como ocurrió: Al traducir del inglés la Materia Médica de Cullen, observa las hipótesis contradictorias sobre la acción de la quina, luego constata que la administración reiterada de quina coincide en la sintomatología con la de aquellos enfermos que cura (Barros-St. Pasteur).

Por supuesto, la Ley de la Semejanza no constituía ninguna novedad en terapéutica médica. Por lo demás, esta "ley" no es otra cosa que una burda racionalización del razonamiento por analogía, propio del pensamiento mágico. Esto es particularmente visible en Paracelso, quien incluía en su terapéutica las signaturas; por ejemplo, para tratar enfermedades de los genitales masculinos es preciso utilizar bulbos de ortiga que tienen forma de testículos.

En la Homeopatía, la Ley de la Semejanza se emplea administrando un medicamento capaz de provocar en el hombre sano un estado similar en su sintomatología al que se va a tratar en el enfermo.

Hahnemann precisa la Ley de la Similitud en su obra fundamental, el "Organón de la Medicina Racional", publicada en 1810:

1.- Toda sustancia activa farmacológicamente, provoca en el individuo sano y sensible un conjunto de síntomas característicos de dicha sustancia.
2.- Todo individuo enfermo presenta un conjunto de síntomas que caracterizan a su enfermedad.
3.- La curación se puede obtener mediante la administración de una pequeña cantidad de la sustancia cuyos efectos sean similares a los de la enfermedad.

Lo que existe aquí es una mezcolanza de observaciones válidas (aunque mal interpretadas) con opiniones y conclusiones gratuitas. Es cierto (y hasta obvio) que una sustancia farmacológicamente activa administrada a un individuo sano provocará un conjunto de síntomas, aunque estos no necesariamente serán "característicos" de dicha sustancia (otras sustancias pueden producir síntomas similares). Esto no tiene nada de misterioso: administrémosle a una individuo sano semillas de Strychnos nux vomica (nuez vómica) y lo veremos presentar espasmos incontrolables o la muerte si la cantidad es suficiente. Pero sabemos porqué: es por la estricnina que contiene. La belladona produce síntomas de intoxicación atropínica, pero lo mismo ocurre con el beleño negro y el estramonio, y también conocemos la causa: es por los alcaloides de la atropina que se encuentran en esas plantas. Nada costaría alargar la lista hasta el hartazgo o la nausea. Prácticamente no existe sustancia natural o artificial que no pueda producir manifestaciones de toxicidad en un individuo sano si se administra en dosis suficiente, pero la razón de que esto ocurra no tiene nada que ver con energías esotéricas. Por otra parte, decir que todo individuo enfermo presenta un conjunto de síntomas que caracterizan a su enfermedad es un abuso, si se asume literalmente, pues existen enfermedades muy diferentes que pueden provocar síntomas similares: por ejemplo, existen decenas de enfermedades que pueden ocasionar fiebre prolongada, desde cuadros virales hasta enfermedades neoplásicas o autoinmunes; caquexia, fiebre y tos las puede producir tanto una tuberculosis como un cáncer del pulmón. Los signos y síntomas patognomónicos (exclusivos de una determinada enfermedad) son rarísimos en la práctica médica. Por eso es que la medicina científica reúne las patologías en cuadros sindromáticos, o sea, conjuntos de síntomas y signos que pueden deberse a diversas causas. Solo que para la Homeopatía esa multiplicidad de causas no existe (como veremos más adelante) lo que la lleva a una absoluta dependencia del cuadro sintomatológico del paciente, sin preocuparse de la etiología de la enfermedad (el primero en despreocuparse de la etiología fue el mismo Hahnemann, como lo expresa en este profundo pensamiento: "no hay necesidad de atascarse en argumentos metafísicos o escolásticos acerca de la insondable causa primera de la enfermedad, ese caballo de batalla del racionalista").

De hecho, los Repertorios Homeopáticos lo que hacen es clasificar y agrupar los síntomas y sus modalidades de acuerdo a un plan establecido, colocando junto a cada síntoma el medicamento que le corresponde o viceversa. Tales Vademécumes no excluyen lo pintoresco: podemos leer por ejemplo que Tarentula hispanica está indicada en Trastornos nerviosos con agitación intensa. Ansiedad, violencia, asociados a debilidad general e hiperexcitabilidad genital. No puede descansar tranquilo. Deseo de correr, bailar, saltar. Corea con movimientos violentos. Cefalalgia, ojos brillantes y muy abiertos, sofocación, palpitaciones, hemicránea, histeria, parálisis agitante, manía violenta con incremento de la fuerza, delirio erótico.

La absoluta primacía que la Homeopatía concede a los síntomas se debe al abuso de la Ley de la Semejanza, lo que ha dado lugar a una complicadísima jerarquización que nada tiene que envidiar a los doscientos tipos de pulso del Min King. Así, los síntomas se clasifican según su grado, su cronología, su jerarquía, su frecuencia, su prescripción y sus modalidades. Y cada una de estas clases tiene a menudo varias subdivisiones, y cada una de estas otras más. Con semejante detallismo no es de extrañar que en la semiología homeopática se encuentren a menudo síntomas tan delirantes (y divertidos) como el hipo en la mañana, después de tomar bebidas calientes; a menudo con nauseas, desfallecimiento y sed intensa, la expectoración espumosa, como agua de jabón, verdosa y salada o los vértigos viajando en barco o tren o descendiendo en ascensor.

De estas bases partió Hahnemann para dar, sin justificación lógica o experimental alguna, el gran salto al Simillia Simillibus Curantur. Un salto no precisamente hacia el futuro, sino en dirección el pasado (y es en esa misma dirección se han precipitado a seguirlo todos sus discípulos).

Volvamos atrás y recordemos una vez más el archifamoso experimento de la quina. Hahnemann observa primero que la quina cura las fiebres, luego observa que al tomar quina él mismo por varios días presenta un cuadro febril que le parece similar. Conclusión: la quina cura las fiebres debido a que puede producir fiebres. Pero no hay nada que justifique esta conclusión. Por supuesto, hay cosas que Hahnemann no podía saber: para empezar, que la quina no cura las "fiebres", sino muy específicamente la malaria; pero para la época de Hahnemann la fiebre se consideraba una enfermedad per se, y el Plasmodium no sería descubierto sino hasta 1880 por Laveran (queda perdonado Hahnemann, pero no sus discípulos que hayan nacido después de 1880). En segundo lugar, lo que estaba experimentando era, en todo caso, los efectos tóxicos de la quina. El hecho comprobado es que la quina cura la malaria (no las "fiebres") porque erradica el Plasmodium por la acción de la quinina, uno de sus alcaloides, y no precisamente por su toxicidad sobre el huésped (lo que en todo caso no constituye sino un efecto colateral indeseable). Y ya que sabemos que y como cura la quina, ¿qué queda de la conclusión de Hahnemann? La falacia lógica del razonamiento homeopático es que pretende establecer una conexión causal cuando lo único que hay es una correlación espuria entre dos hechos independientes.

¿Hay alguna realidad concreta tras la Ley de la Semejanza? Mucho me temo que no. Es simplemente algo en lo que hay que creer como en un acto de fe, una proposición indemostrable y sobre todo, contraria a la experiencia. Indudablemente, esto estaba bien para los tiempos de Hipócrates y Paracelso, pero ya es menos excusable en los de Hahnemann. Al fin y al cabo, ¿de qué se trata? Traigamos una idea del siglo V antes de Cristo, citando a Hipócrates como supuesta autoridad, luego modifiquemos en algo las groseras signaturas de Paracelso para hacerlas más presentables y ya estamos listos. El gran progreso de la Homeopatía está en que en lugar de usar el parecido exterior de la fuente de donde se va a sacar el medicamento (los bulbos de ortiga, etcétera), utiliza el parecido de los efectos tóxicos que produce al ingerirlo. O sea, las signaturas actualizadas.

Si la Ley de las Semejanzas funciona ¿por qué no curar la demencia intoxicando al paciente con plomo? Por supuesto, conocemos la fisiopatología de la intoxicación por metales pesados y también sabemos que no hay nada en esa fisiopatología que nos haga sospechar que pueda curar la demencia. Pero de acuerdo a la Ley de la Semejanza debería funcionar ¿o no? ¡Ah! Pero es que debemos administrar el plomo en dosis dinamizadas e infinitesimales (de eso hablaremos después). Los fármacos hipotensores deberían ser excelentes para tratar los estados de hipotensión y shock (¡vaya oportunidad perdida para la medicina de urgencia!) y los baños helados para la hipotermia (y las saunas para la fiebre). Nada mejor que las inhalaciones de humo para el asma y la bronquitis crónica, y las dosis masivas de azúcar para los diabéticos.
No sé por que, pero todo esto me recuerda aquella historia sobre el ungüento que se aplicaba sobre la espada ofensora en lugar de colocarlo en la herida. Quizás sea porque las bases científicas de ambas terapéuticas son las mismas.

La Energía Vital y el Dinamismo Mórbido

Todo el legado fisiopatológico y etiopatogénico que les dejó Hahnemann a sus acólitos se halla en estos dos conceptos. Ya vimos que a Hahnemann no le interesaba la etiología de la enfermedad; para su fisiopatología apenas si pudo sacar a flote viejos conceptos vitalistas que se venían arrastrando desde los siglos anteriores y que quedarían pronto sepultados por el desarrollo de la fisiología en el siglo XIX (para ser resucitados en el siglo XX por los devotos de la "Nueva Era").

Antes que nada aceptémoslo: la idea de una Fuerza Misteriosa que nos anima es de por sí atractiva, especialmente para individuos con escasa formación científica o espíritu crítico atrofiado. Se asocia con facilidad a conceptos tales como alma, cuerpo etéreo, cuerpo astral, bioenergía, y afines. Y es más fácil de captar que las abstrusidades de los fisiólogos experimentales, empeñados en explicar que tal o cual función celular no depende de entes intangibles sino de precisas interacciones de enzimas, iones, ácidos nucleicos, aminoácidos y fosfatos de alta energía. Pero oigamos al Maestro:

En el estado de salud, la fuerza vital autocrática que dinámicamente anima al cuerpo material, gobierna con poder ilimitado y conserva todas las partes del organismo en admirable y armoniosa operación vital, tanto respecto a las sensaciones como a las funciones, de modo que el espíritu dotado de razón que reside en nosotros, puede emplear libremente estos instrumentos vivos y sanos para los más altos fines de nuestra existencia. Organon, Paragrafo 9.

En resumen, existe una Fuerza Vital, y para colmo autocrática, que nos mantiene operando admirable y armoniosamente. Lamentablemente, esto no es ciencia, sino metafísica (en el mal sentido de la palabra). Y Barros-St. Pasteur riza el rizo cuando nos informa que La física subatómica es la responsable de la información que pueda suministrar a la medicina en conexión con la calidad de esta energía que permite la vida, la energía responsable de las transformaciones bioquímicas. Hay indicios bien fundados de una calidad de energía que es capaz de suscitar la reacción energética con modificaciones dinámicas en el terreno, las cuales pueden ser evidenciadas. Responsabilidad que ignoro si la física subatómica ha asumido con agrado.

Cuando se encuentra uno ante esta clase de argumentos quizás lo más adecuado sea callar, pues ya no estamos en el campo de la ciencia sino en el de la religión, y en la religión las cosas se creen merced a un acto de fe. Pero es Barros-St. Pasteur quien mete a la física en la arena de lucha, por lo que es conveniente hacer algunas precisiones. Para empezar nadie niega que en un organismo vivo existan y se transformen ingentes cantidades de energía; de hecho, cuando se produce la falla de esa maquinaria energética la muerte es inevitable. La energía química de los alimentos se degrada en energía calórica y en el ínterin produce trabajo, incluyendo el necesario para mantener la integridad celular. Las células tienen sus propias centrales energéticas: las mitocondrias. Algo muy diferente es postular una entidad fantasmal, incorpórea y energética (aparte de autocrática) que nos anima. ¿Se puede probar que no existe? Difícilmente; como tampoco se puede "probar" que los ángeles no existen o que el Sai Baba no es la encarnación de Vishnu. Simplemente son conceptos que no tienen nada que ver con la ciencia. Lo que sí se puede probar es que a cierto nivel su acción es negligible. Desde el siglo pasado la Fisiología y la Bioquímica se han desarrollado a un ritmo cada vez más acelerado, pero todavía no se han topado con ninguna fuerza misteriosa y autocrática, ni a tenido que apelar a razonamientos tan especiosos como los de los homeópatas para explicar sus "hallazgos". Y se han encontrado respuestas a los misterios de la fisiología incluso hasta el nivel molecular, prescindiendo con serenidad de apelar a energías oscuras. El problema es que los conocimientos fisiológicos de los homeópatas sigue estando al mismo nivel que los de Hahnemann, dos siglos atrás. Por cierto, ¿y qué tiene que ver en todo esto la física subatómica?

Pero ¿a qué viene todo esto? ¿Por qué hacer tanto énfasis en conceptos tan imponderables e intangibles como la Fuerza Vital? Pues bien, porque aunque parezca increíble la única base fisiopatológica de la Homeopatía es la Fuerza Vital, ya que las enfermedades son debidas a sus alteraciones.

La energía vital, al sufrir el influjo de los estímulos dinámicos perjudiciales, se modifica; entonces el terreno ya no manifiesta el estado de salud sino el de enfermedad, son los miasmas, es la expresión adaptativa para buscar el equilibrio con el todo (Barros-St.Pasteur).

Como podemos ver, ya no tenemos una sola fuerza misteriosa actuando; también tenemos otras fuerzas no menos misteriosas ("estímulos dinámicos") actuando sobre la energía vital. Lo que no se nos dice es si estas fuerzas nocivas son también autocráticas. La alteración de la "fuerza vital" no es otra cosa que el Dinamismo Mórbido, que es propio de cada paciente, y de esa alteración salen los miasmas. Desde siempre los miasmas han sido una suerte de efluvios o emanaciones nocivas procedentes del agua o la tierra, pero los modernos homeópatas, por pudor, han optado por disfrazarlos de una predisposición congénita o adquirida ... en virtud de la cual se producen alteraciones múltiples en la forma pero únicas en la esencia.

Es muy natural de que de cara al público los homeópatas prefieran no referirse demasiado a los miasmas (a pesar de lo importantes que son en su teoría). Estos miasmas presentan características extrañas (y otra vez contrarias a la experiencia) ya que son a la vez heredables, latentes, contagiosos e inducibles (la "energía vital" de otros seres vivos puede alterar la del hombre). En su afán simplificador Hahnemann describió tres tipos de Miasmas, de los cuales el Psórico es el fundamental, siendo los otros dos el productivo y el destructivo (pero esta es la terminología moderna; para Hahnemann el miasma productivo era el sicósico el condiloma y el destructivo la sífilis; dicho sea de paso, la psora no es otra cosa que la sarna).

Para los homeópatas, toda la patología humana puede explicarse por la acción de estos tres miasmas sobre la fuerza vital, aunque con mas frecuencia el miasma es la misma fuerza vital alterada (y entonces no se sabe que fue lo que la alteró en principio, pero ya dijimos antes que a Hahnemann le despreocupaba la etiología). Esta tendencia a reducir a la unicausalidad la complejidad fisiopatológica y etiopatogénica de la enfermedad es característica de los sistemas de patología general que campearon en el siglo XVIII y penetraron hasta el XIX (otro de ellos fue la ya mencionada medicina fisiológica de Broussais).

No creo que sea necesario insistir sobre las falacias de esta fisiopatología. Para empezar ignora todo el cuerpo de conocimientos adquiridos desde 1796 hasta la época, empezando por la teoría microbiana. Se aprovecha de conceptos de la inmunología moderna (estas es una de las actualizaciones de la teoría) pero pasa por alto que conocemos bastante bien como funcionan los anticuerpos y cada vez mejor la inmunidad celular y en nada de ello existe evidencia de la menor acción de energías ocultas (y de paso, autocráticas). Y para terminar, no hay forma de demostrar la existencia de tales miasmas (a menos que, con contorsiones lingüísticas los transformemos en las consabidas predisposiciones congénitas o adquiridas).

Sin duda a los homeópatas les encantaría poder deshacerse del pesado fárrago de los miasmas. Pero el problema es que su absurda terapéutica les exige mantenerlos, ya que se basa en la corrección mediante los compuestos energéticos adecuados de la Fuerza Vital alterada. Aquí prefiero tomar a Barros-St. Pasteur como testigo (pagina 46):

Las diluciones dinamizadas que se emplean en la experimentación van desde la 3° potencia decimal a la 30, 200 y 1000 potencias centesimales. El tiempo de duración del programa es variable, hay pacientes que reaccionan rápidamente al medicamento y otros que tardan semana en comenzar a dar síntomas. Cada médico mantiene un cuidadoso control diario de cada uno de los experimentados de su grupo. Terminada la experimentación, el director recibe los protocolos y selecciona y jerarquiza los síntomas obtenidos; se realiza así la patogenesia del medicamento.

Respecto a la experimentación pura podemos hacer varias observaciones. Comencemos con lo obvio: si administramos los medicamentos en forma pura, y a dosis suficiente, lo que vamos a observar son los efectos tóxicos del mismo, suficientemente estudiados y aclarados por la farmacología y la toxicología; las alteraciones de la Fuerza Vital no tienen nada que ver. Quien lo dude no tiene más que hojear cualquier manual toxicológico actualizado (en lugar de estar experimentando, los homeópatas bien podrían dedicarse a leer esos manuales, ya que en ellos los efectos de las sustancias aparecen mucho mejor descritos que en sus textos). Y algo mucho menos obvio: ¿qué ocurre cuando se administra la droga diluida, digamos, a la trigésima potencia? Los efectos tóxicos no deben aparecer, por supuesto, ya que a altas diluciones como la mencionada ya no queda en la "solución" nada del componente activo inicial (hablaremos de eso más tarde).

Entonces ¿apareció por fin la alteración de la Fuerza Vital? No tan rápido: recordemos primero que las manifestaciones pueden demorar semanas en hacerse presentes, y aquí está la falla del método. Si se espera el tiempo suficiente, siempre los sujetos acabarán por tener algo, así sea un cambio de humor, un forúnculo, un dolor en el costado, un resfrío, un súbito interés hacia las publicaciones pornográficas, una migraña o un ataque de furia, elementos todos preeminentes dentro de la práctica homeopática. ¿Debidos, sin duda, a la alteración de la Fuerza Vital por los poderosos dinamizados? Pues no, debidos al puro azar.

Propongo al lector el siguiente experimento: tómese quince gotas de agua destilada en ayunas diariamente durante un par de semanas y anote los síntomas que le van apareciendo. Quedará asombrado.

Por supuesto, no existe revista científica que se respete que publique trabajos semejantes (me imagino que las revistas homeopáticas sí lo hacen). Y los acólitos de Hahnemann siguen todavía exaltándolo por su gran logro de la experimentación pura.

En cuanto a los homeópatas modernos, no tienen tantos problemas. Para eso tienen a mano el Repertorio de Kent, que contiene 1455 páginas de síntomas y medicamentos. ¿Para qué van a necesitar más experimentación pura?

En realidad no es tan fácil, pues todo esto se haya envuelto en un complejo ritual que intentaré explicar lo mejor posible en pocas palabras. Para empezar, debe tenerse a mano un compuesto de gran pureza (cuando el producto es de origen vegetal o animal se habla de tintura madre, cuando es mineral son simplemente soluciones) y unos vehículos también de gran pureza (por lo general agua bidestilada o alcohol rectificado, pero también se usa la lactosa). El proceso de dilución consiste en disolver una parte del compuesto en un numero determinado de partes de solvente, por ejemplo, 1 ml de compuesto por 9 ml de solvente (serie decimal) o 1 ml de solvente en 99 de solvente (serie centesimal). Existen otras series, como la cincuentamilesimal, pero podemos obviarlas. En el primer caso tendríamos una dilución 1DH (decimal de Hering) y en el segundo una dilución 1CH (centesimal Hahnemanniana). Pero aquí no termina todo. De estos nuevos preparados se toma a su vez 1 ml y se disuelven en 9 ó 99 ml de solvente, y de estos otro mililitro y se vuelve a diluir, siguiendo siempre el mismo patrón, y se repite el procedimiento una y otra vez, ad nauseam, hasta que se obtiene la dilución buscada, que puede llegar hasta los 1000 CH o más. Cualquier ignorante podría aducir en este momento que tras tantas diluciones lo que estamos haciendo al final no es otra cosa que jugar con agua virtualmente pura (o alcohol, si tal es el caso), y que de soluto no debe quedar prácticamente nada. A lo que los homeópatas responderán: la acción de los medicamentos homeopáticos no es farmacológica, sino energética. Y aquí es donde interviene la perspicacia de Samuel Christian: las diluciones no se hacen así como así, hay que dinamizarlas.

La dinamización permite que el medicamento se comporte en el organismo de tal modo que no produzca los efectos de su acción farmacológica, sino el efecto de reacción del organismo al estímulo energético que actúa de acuerdo a la Ley de la Semejanza. Y la energía del medicamento se incrementa a medida que este se dinamiza. ¿De que clase de energía estamos hablando? Bueno, eso no está muy bien definido, pero quizás la siguiente cita (tomada también de Barros-St. Pasteur) pueda proporcionarnos alguna luz al respecto:

Toda sustancia que vibra provoca movimientos vibratorios en resonancia con el éter ambiente. El éter está constituido por corpúsculos de una tenuidad extrema, que puede recibir o transmitir cada uno, una cantidad de energía limitada, conocida bajo el nombre de Constante de Planck, cuya unidad de energía es el quantum, h = 6,55 x 10-27.

Lo que indudablemente suena impresionante, a pesar de que la idea de ese éter constituido por corpúsculos intangibles fuese desechada por los físicos desde principios del siglo XX. Y si somos benévolos deberemos tomar la mención de la Constante de Planck por una pura metáfora.

¿Y como se produce en la práctica la dinamización? Pues puede hacerse por sucusión, cuando estamos manipulando líquidos, o por trituración, cuando se trata de sólidos. La sucusión consiste sacudir o agitar la dilución un número determinado de veces durante un tiempo determinado y a una temperatura fija; esto le comunica al medicamento homeopático sus terribles poderes. La imagen de un homeópata encerrado en la soledad de su gabinete, sacudiendo rítmicamente un frasco sin duda merecería la más entusiasta aprobación de un shaman siberiano o de una alquimista medieval (aquí solo faltaría que se salmodiara un conjuro, pero el Maestro al parecer no lo consideró indispensable). Desafortunadamente, ya este aspecto pintoresco de la Homeopatía va desapareciendo: existe toda una poderosa industria farmacéutica homeopática que no puede darse el lujo de perder el tiempo sacudiendo los frasquitos a mano y que emplea maquinaria especial para garantizar sacudidas más económicas y efectivas.

Resumamos el procedimiento: diluyamos una sustancia en forma geométrica y en pasos sucesivos, agitando el frasco en cada paso, y obtendremos un preparado con ciertas propiedades energéticas, que es capaz de inducir en el hombre sano unos determinados síntomas. La potencia del medicamento se incrementa con cada dilución y con cada sacudida. Lo que nos están queriendo decir con todo esto es que si diluimos una sustancia veremos que primero va disminuyendo su toxicidad (si inicialmente era tóxica); luego, a medida que avanzamos en el proceso, observamos que parte de sus propiedades comienzan a reaparecer, pero no farmacológicamente (a diluciones altas, digamos a 100 CH, ya no queda ninguna molécula del soluto inicial en el solvente) sino porque le ha trasmitido una cierta calidad energética al medio. Por supuesto, la química ordinaria no conoce ninguna sustancia que presente un comportamiento tan peculiar. ¿Y que tipo de energía es? Agitando el frasco lo que logramos es aumentar la energía cinética de las moléculas contenidas en él, y al final quizás pudiéramos verificar un ligero aumento de la temperatura de la solución, que se disiparía casi enseguida al exterior. Pretender una acción diferente a nivel subatómico es una necedad: la energía requerida para actuar a ese nivel no se la proporcionaremos al sistema por mucho que nos empeñemos en sacudir el frasco (a menos que lo coloquemos en un acelerador de partículas, pero dudo mucho que tal idea pueda funcionar).

¿De donde sale, al fin y al cabo, la energía que supuestamente le estamos comunicando a nuestro medicamento? Cuando el procedimiento se hace a mano, de un solo lugar: de la organismo del individuo que lo está preparando. La energía química (obtenida de los alimentos), en forma de fosfatos de alta energía, es empleada en producir movimiento muscular (una parte se disipa como calor); los movimientos musculares le transmiten una determinada energía cinética a las moléculas de la solución. La velocidad de las moléculas aumenta, chocan entre si y la temperatura del líquido aumenta; finalmente ese calor termina por disiparse al medio. Aquí han funcionado dos conocidísimos principios de la termodinámica: que la energía no se crea ni se destruye, solo se transforma; y que la entropía de un sistema siempre tiende a aumentar. La energía química del audaz homeópata se ha convertido en calor disperso e inutilizable. ¿Qué quedó en la solución? Desde el punto de vista físico, nada. A menos que empecemos a hablar de vibraciones etéreas e incognoscibles para la ciencia, lo que constituye una abierta falta de seriedad.

¿Y como se fija esa energía innominada en el solvente? Nadie lo sabe con certeza, pero se han invocado (sin el menor apoyo experimental) alteraciones en la estructura molecular del solvente para explicar esa especie de memoria del agua. Ciertas características del soluto quedan impresas en el solvente y los golpecitos contribuirían suministrando la energía necesaria. ¿Ciertas o todas? No se sabe por que, pero al parecer solo se fijan las cualidades curativas, pero no la toxicidad. Una preparación 300 CH de Nux vomica debería ser mortal tras tantas dinamizaciones, si recordamos las propiedades de la estricnina en el hombre sano, pero eso no ocurre nunca. Y ni hablar del poder energético de preparaciones como 1000 CH o 3000 CH. Que la toxicidad debería incrementarse a altas diluciones es una consecuencia lógica de la descabellada teoría homeopática, pero los homeópatas optan por ignorarlo. ¿Porqué una dilución 1000 CH de alcohol metílico preparada en agua bidestilada no arde? Debería hacerlo, pues a través de la dinamización el alcohol le ha transmitido sus "peculiaridades energéticas" al agua, y suponer que las energías implicadas en la dinamización solo funcionan en el ser humano no pasa de ser una excusa ad hoc. Haga el experimento, si quiere y tiene la paciencia. Y yo ya empiezo a perderla.

De la Ley de la Individualización se deriva el último hecho descubierto por Hahnemann: el Remedio Único por vez o Unitas Remedii (sería digno de estudiarse si el uso del latín también contribuye a la eficacia homeopática). Esta es la otra ley más frecuentemente infringida por los homeópatas. Implica simplemente que debe administrarse un único medicamento, en base a su patogenesia, e individualizado de acuerdo al paciente, salvo casos excepcionales. Ya en vida de Hahnemann surgió una corriente hacia la polifarmacia, que fue enérgicamente combatida por este. Pero hoy en día son muchos los homeópatas que no se pliegan a la ortodoxia unicista y prescriben alegremente dos o tres dinamizados juntos (por no hablar de los que combinan la homeopatía con acupuntura o la reflexoterapia). No salimos de nuestro espanto de tan solo pensar los efectos puede traer la conjunción de tantas energías terribles y misteriosas.
No me considero capacitado para determinar sí es beneficioso o no administrar simultáneamente dos o más preparados de agua destilada pura con diferentes nombres en latín, de modo que dejaré solos a los homeópatas con su polémica.

Aplicando la navaja de Occam

Para ver que queda en pie después de esta somera descripción de las bases científicas de la Homeopatía, nada mejor que aplicar el principio lógico conocido por navaja de Occam, y que en pocas palabras consiste en eliminar todo lo innecesario (esta es una de las interpretaciones que se le dan). Aunque tratándose de la Homeopatía, quizás sea más adecuado expresarlo en latín: Pluralitas non est ponenda sine neccesitate. Guillermo de Occam fue un franciscano ingles, padre del nominalismo, aunque en su tiempo quizás haya sido más notorio por sus incendiarias ideas políticas.

Ley de la Semejanza: ¿tiene alguna base empírica, ya sea fisiológica, fisiopatológica, bioquímica, física o farmacológica? No. ¿Existe algún mecanismo racional que la explique? No. ¿Existe alguna técnica terapéutica, basada en esta ley, que funcione y que haya sido demostrada satisfactoriamente de acuerdo a los pasos del método científico? No. ¿Podemos prescindir de ella para explicar la forma en que funcionan todas las terapéuticas efectivas conocidas? Sí. Queda únicamente un postulado exigido por la fe (de los homeópatas) pero incognoscible para la razón. Como base científica podemos eliminarla.

Energía vital: ¿existe alguna evidencia de que una fuerza intangible domine y anime nuestros procesos bioquímicos y fisiológicos? No. La fisiología y la bioquímica han avanzado los últimos doscientos años más que en toda la historia previa de la Humanidad prescindiendo de tales tenuidades metafísicas. ¿Es una hipótesis necesaria para explicar algún aspecto de la fisiología humana? No. ¿Corresponde a alguna de las fuerzas conocidas y estudiadas por la física, o tiene relación con alguna de ellas? No. ¿Podemos prescindir de ella sin que las bases de nuestros conocimientos se resientan? Sí. Otro postulado de fe.

Miasmas, dinamismo mórbido: ¿tienen algún lugar en la fisiopatología o la etiopatogenia conocida y demostrada de las enfermedades? No. ¿Existe alguna prueba bien contrastada de que las enfermedades son alteraciones energéticas? No. ¿Existe alguna teoría física que explique que son esas energías? No. ¿Podemos explicar el fenómeno enfermedad sin apelar a tales fuerzas oscuras? Sí, y con éxito más que notable. ¿Qué queda? Otra opinión gratuita.

Investigación de la patogenesia: ¿aporta algún conocimiento nuevo que de base o pruebe algún aspecto de la teoría homeopática? No. Para que la investigación de la patogenesia tenga algún valor debe asumirse previamente que la Ley de la Semejanza es realmente una ley, que las enfermedades son alteraciones energéticas y que los dinamizados realmente son portadores de energías innominadas.

La dinamización: conforme a conocimientos actuales de la química, ¿existe algún compuesto cuya reactividad se incremente a medida que su concentración disminuye o se hace cero en un solvente determinado? No. ¿Existe evidencia de alguna acción, energética o de otro tipo, a nivel subatómico lograda mediante la agitación de un frasco? No. La teoría física moderna, incluyendo la mecánica cuántica, ¿tiene lugar para un efecto semejante? No. ¿Existe algún modelo que justifique la pretendida memoria del agua? No. ¿Existe alguna prueba reproducible que la justifique? No. ¿Existe algún fenómeno físico o químico que presente propiedades tan extraordinarias como estas, fuera, por supuesto, de la medicina homeopática? No. ¿Pueden prescindir la ciencia de tales especulaciones sin base y sin correlato empírico? Sí. ¿Puede prescindir de ellas la Homeopatía? No.

En esta última pregunta está la raíz del problema. La Homeopatía nace en 1796, producto de las especulaciones de Samuel Christian Hahnemann. Nace, como Minerva, armada de pies a cabeza, definida en prácticamente todos sus detalles. Un caso semejante no conoce parangón en la ciencia, y en especial en la moderna medicina científica, adicta a lo cambiante, a la controversia y a la discusión. Los homeópatas han optado por congelarse en esa fecha mágica, ignorando voluntariamente dos siglos de evolución en el conocimiento científico. A lo más que llega su audacia es a usurpar términos de las ciencias verdaderas para disfrazar sus creencias irracionales, a ratos pseudomísticas y a ratos cuasirreligiosas, basadas ante todo en la fe ciega y en una ininterrumpida suspensión de la incredulidad.

06 noviembre 2006

El chupito de Korsakov

Si algo destaca en la fabricación y administración de los productos homeopáticos, por lo de preciso y aparentemente científico, es su precisión: la elaboración del producto, de las dosis y su posología están sujetas a estrictos protocolos y controles por parte del fabricante y del especialista. Las distintas diluciones se obtienen y aplican por alguna razón, dependiendo en primer lugar de la gravedad de la enfermedad a tratar, su estadio, la sensibilidad del paciente, etc.

En los laboratorios homeopáticos de la actualidad, modernas máquinas realizan estas tareas de forma milimétrica, absolutamente automatizada y que deja muy poco margen al error, en muy distinta forma a como se elaboraban los preparados a finales del XVIII y principios del XIX. Las diluciones hahnemianas se solían hacer a mano, con goteros, y las sucusiones también era tarea manual, normalmente golpeando enérgicamente el tubo o frasco de preparación contra una superficie acolchada pero firme, como podía ser la cubierta de un libro forrado en cuero o algo similar.

Pero las diluciones korsakovianas son otro cantar. Korsakov, que estudió y practicó la homeopatía en sus comienzos, aunque luego renegara en gran medida de ella, fue el inventor de este tipo de diluciones, sin duda menos precisas que las hahnemianas, pero que aun hoy en día se utilizan. ¿Y cómo se obtienen estas diluciones? Pues utilizando la asombrosa técnica del “ahí debe quedar”.

Tomemos un frasco. Incorporemos en él 99 cl. de alcohol de 70º y 1 cl. de tintura madre, de producto triturado o de lo que sea. Sucusionemos vigorosamente el preparado un determinado número de veces, y luego vaciemos el frasco en otro de más capacidad. Pues bien, según el método de Korsakov, en el frasco original “debe quedar” algo a sí como 1 cl. de dilución, más o menos, tampoco hay que ponerse demasiado estrictos. Si añadimos entonces otros 99 cl de agua destilada obtendremos un preparado a la primera dilución korsakoviana. Sucesivamente, y repitiendo el procedimiento, claramente a ojo, iremos obteniendo las sucesivas diluciones.

Por supuesto que aquí la precisión de la que hablábamos brilla por su ausencia, pero ello no es óbice para que muchos homeópatas prefieran este método de dilución antes que el tradicional hahnemiano. Imaginemos que a un niño se le receta un jarabe, y en lugar de que el médico nos precise la dosis, en forma de una cucharadita (que además suele venir en el mismo preparado) o un taponcito, el médico nos dice: “Que el niño se arree un trago a la mañana y otro al acostarse”. ¿”Un trago”? Pero oiga, ¿qué manera es esta de prescribir? O si se trata de píldoras puede indicarnos “que el niño se tome unas cuantas”.

¿Y si yo soy de la escuela korsakoviana, pero decididamente torpe, y cuando vacío el frasco me queda el doble de soluto del que sería necesario, o me paso de escurrir y no me queda ni una gotita? ¿Cuánto me debe quedar en el frasco, exactamente? ¿Lo que quede adherido a las paredes de cristal, una gota, dos quizá, un chupito?

Sinceramente, yo la técnica korsakoviana la utilizo cuando me preparo cubalibres, vacío el vaso y me echo otra dosis de Barceló, y sí, a ojo, pero si me dedicara a preparar algo similar a medicamentos, utilizando sustancias casi siempre exóticas, tendría un pelín más de cuidado. Aunque luego no quede de ello ni la repajolera, pero hay que obrar siempre con meticulosidad y precisión científica.

04 noviembre 2006

Geometría y homeopatía

La pseudociencias ya suelen ser bastante estrambóticas de por sí para que encima existan algunos sujetos, que se autotitulan médicos o psicólogos (ya me gustaría a mí ver esos títulos, ya), realicen una mezcolanza de pseudodisciplinas que aparentemente les van a dotar de mayor respetabilidad social, hinchando su curriculum de palabrería, pero que en realidad sólo consiguen que el tal sujeto se haga un lío monumental y acabe por no tener ni idea de lo que está hablando. Además, como muchas de esta pseudociencias se contradicen entre sí, tenemos el pastel servido.

Navegando por la Red me he topado con uno de estos individuos, y me he vuelto a cuestionar lo que parece evidente: ¿cómo un señor puede ser titulado en medicina y afirmar que el dodecaedro tiene influencia en la salud de un enfermo? ¿Cómo un licenciado no conoce los mecanismos de acción de los medicamentos? ¿Cómo un tipo puede tener la cara de afirmar que "la testosterona es un medicamento homeopático"? ¿Cómo un médico puede diferenciar entre "cuerpo material" y "cuerpo magnético"?

En fin, uno debería estar acostumbrado y no hacerse estas preguntas tan molestas, pero no puedo evitarlo. Al final de la entrada figuran los créditos del buen doctor, por si alguien en un mal día se lo topa en una consulta.

Para empezar, unas cuantas perlas relacionadas con la homeopatía (no, no os saltéis este párrafo, cada semana parece ser que surgen nuevas idioteces sobre el tema).

HOMEOPATIA

“La homeopatía va a ser un fuerte aliado en el tratamiento de la osteoporosis. Los estrógenos homeopáticos no producen efectos secundarios, ni riesgo de cáncer como los que son químicos. También se pueden administrar otros medicamentos homeopáticos como la testosterona y la progesterona de acuerdo con el caso por tratar.”

"La testosterona es un andrógeno, esteroide derivado del ciclopentanoperhidrofenantreno, que tiene 19 átomos de carbono, un doble enlace entre C4 y C5, un átomo de oxígeno en C3 y un radical hidroxilo (OH) en C17, fórmula C19H28O2". La progesterona también es otra hormona.

[Sigue en http://es.wikipedia.org/wiki/Testosterona]

“Es necesario aclarar algunos conceptos sobre el desarrollo de la osteoporosis. Existe dos tipos: la llamada osteoporosis primitiva y la osteoporosis posmenopáusica. La segunda tiene íntima relación con la primera.”

Claramente diferenciadas la una de la otra, pues.

La medicina homeopática contempla tratamientos que no tienen el riesgo de producir cáncer y ayudan al mantenimiento y la producción de masa ósea. Además van a disminuir otros síntomas de la menopausia como los calores, la irritabilidad, cambios de carácter, tristeza y depresión, sequedad vaginal, disminución del apetito sexual, etc.”

"La menta es incompatible con el tratamiento homeopático: productos como el mentol y ciertas esencias disminuyen o suprimen la acción de la homeopatía por su efecto vasoconstrictor y porque compiten en la absorción"

Y la cafeína, añado yo, consultando otros autores homeopáticos. La lástima es que para ella no dan un razonamiento tan fundado como el anterior. Lo que ocurre es que la cafeína es un potente vasodilatador, o sea, al revés que la menta. ¿Me constricto, me dilato? Dejémoslo.

MEDICINA POLIEDRICA

Ahora hablemos un poco de geometría sagrada y sus implicaciones en la salud. Nuestro buen doctor estudió junto al creador de esta medicina, y aprendió todos los secretos de la misma. Así, nos narra algunas experiencias con su Tetrix particular:
[Como veréis no he intercalado comentarios personales. No me siento con fuerzas]

Los poliedros, colocados en ciertos órganos y en los chakras siguiendo un protocolo rigurosamente estudiado y comprobado, reordena la energía de esos órganos y de esos chakras y por ende de todo el organismo. Combinando este tratamiento con la Homeopatía que también forma parte de la Medicina Vibracional, resulta ser una poderosa terapéutica para las enfermedades más destructivas o aquellas en la que la medicina convencional se ve a veces, limitada en su terapéutica como lo son: el SIDA, el Cáncer, el Lupus, la esclerosis múltiple, la artritis deformantes, ciertos tumores, ciertos tipos de parálisis, enfermedades en general del colágeno, alergias, asma o tos crónica, etc. como también padecimientos del estado mental y emocional por ejemplo en ciertos estados depresivos, estrés, angustia, ansiedad, temores, etc.”

El dodecaedro, que los antiguos lo relacionaron con la madre, lo femenino, el yin y el alma, entre otros, tiene una íntima relación con el corazón y todo el sistema circulatorio y los trastornos que ahí se producen. Pero también tiene relación con el cáncer en el cual el amor está lastimado. No es por casualidad que se ligue al órgano del corazón con los sentimientos del amor. María Cristina recibió tratamiento con homeopatía y con los poliedros, entre los cuales el dodecaedro fue la figura que más se repitió colocándolos en los ejes energéticos de su campo electromagnético. A la semana que llegó ya venía caminando sin ayuda. Aunque quizá, no se cure de su cáncer, su calidad de vida fue mejorando importantemente”

El icosaedro tiene otras múltiples funciones, de a acuerdo al creador de esta terapéutica, el Dr. Santiago Rojas Posada. Si esta figura tiene en su interior un dodecaedro, estamos hablando que la voluntad integra al amor; es el amor con discernimiento, pues está contenido dentro de la voluntad. Es el sistema nervioso controlando al sistema circulatorio. Fortalece entonces la voluntad de acción y de vida, por lo tanto contrae el sistema circulatorio frenando las hemorragias y favoreciendo la coagulación, por lo que constituye un tratamiento idóneo para antes y después de la cirugía. Además su poder antiinflamatorio favorece la recuperación rápida de los procesos como los traumas, las cirugías y las infecciones”

El cubo compuesto que lleva un octaedro (rombo tridimensional) adentro, es la figura adecuada para sacar energía de una parte del cuerpo y el octaedro con un cubo adentro (octaedro compuesto) es la que meterá la energía que fue sacada con el anterior. Así en Xinia se le colocó el primero encima de su útero (chakra sexual) y la segunda en la garganta, que tienen íntima relación con el anterior. El chakra sexual es el de la reproducción de la especie, el de la creación y el del placer sexual. El chakra de la garganta es el de la creatividad, la expresión, el de la palabra y de la comunicación, por eso están tan íntimamente relacionados”

“Pero, en el caso de Carmen, no bastaba con la Hipnosis clínica, elementos de tipo energético estaban impregnados en su campo electromagnético: sus auras y centros de energía (chakras), especialmente los correspondientes a sus ojos: Ajna, Frontal, Coronario y Occipital. Estos elementos son como microchips que tienen una programación específica dada por los pensamientos inconscientes. Era necesario barrerlos, desintegrarlos y expulsarlos del cuerpo electromagnético de Carmen. Para ello utilizamos los Poliedros. Colocados sobre el cuerpo de la persona, van a regular las energías de órganos, chakras y de todo lo que se denomina el cuerpo astral y el cuerpo etéreo. Estas energías tienen influencia decisiva sobre el funcionamiento en los órganos.
Los resultados con la Hipnosis y los Poliedros fueron extraordinarios. Carmen recuperó su visión hasta lograr la curación completa, al término de una sesión de homeopatía, dos de poliedros y dos de hipnosis.”


El icosi-dodecaedro constituye una correlación perfecta entre la voluntad y el amor, entre el sistema nervioso y el circulatorio como explicábamos en los artículos anteriores. De ahí que su acción se extiende hacia los pequeños vasos sanguíneos (vasa-vasorum) y hacia los más diminutos nervios (nerva-nervorum), llevando los nutrientes y la información del Sistema Nervioso hasta los más alejados tejidos y células de la economía.

El cubo-octaedro actúa en la interfase entre el cuerpo etérico y el físico, entre el espacio intersticial y la célula, equilibrando la polaridad de la membrana celular para que se dé el adecuado intercambio de información y de sustancias entre la célula y el intersticio que la rodea.
El campo de acción que ejercen estas dos figuras, que por cierto se utilizan con frecuencia, simultáneamente, es, precisamente donde se desarrolla la enfermedad en el cuerpo físico: en el intersticio, en la célula, en los pequeños vasos y en los pequeños nervios. Por esas razones un gran grupo de enfermedades pueden verse disminuidas como son las enfermedades autoinmunes, enfermedades como el Lupus, la Artritis, la Diabetes, la Esclerosis múltiple, el Síndrome de Fatiga Crónica, Neuropatías, Neurodermatitis, alergias en general, etc.”


Dr. Roberto Alvarado Aguirre
Médico y Psicólogo
Master en Homeopatía (niños y adultos) Univ. de París
Master en Desarrollo del Niño. Univ. de París.
Especialista en Terapia Neural, Pediatría e Hipnosis Clínica.
Sanación con Poliedros
http://geosalud.com/medicinanatural/vibracional.htm

Y estos individuos son los que, sin empacho ninguno, vociferan en los foros privados y oficiales para que la homeopatía y demás zarandajas sean reconocidas como disciplinas universitarias. Coño, si yo ya las practicaba en la escuela. Veréis: nos llevábamos a clase unas tijeras, pegamento y varias cartulinas de colores, y no parábamos de construir dodecaedros, icosaedros y otras mil figuras polimórficas de lo más resultonas, aunque -ahora que lo pienso- debimos siempre construirlas mal, porque también recuerdo que mi guardería era un inmenso invernadero de varicela, rubeola, gripes, alergias y demás. Los niños, ya se sabe...